En un episodio digno de una comedia de enredos financieros, la Reserva Federal de Estados Unidos salió a aclarar los chismes del barrio monetario. Resulta que sí, ayudaron a Japón a darle respiración boca a boca a su debilitado yen, pero que quede claro: ellos solo pusieron la casa para la fiesta. Todo el dineral salió del bolsillo del Departamento del Tesoro, mientras la Fed se limitó a actuar como el «agente fiscal», que es la forma elegante de decir que era el que pasaba los recados.
La movida se dio porque el yen andaba más devaluado que un chiste repetido, alcanzando su nivel más bajo frente al dólar desde los años ochenta. Para Japón, esto es un problemón, pues con un yen débil, importar cualquier cosa les sale por un ojo de la cara, y el costo de la vida se dispara más rápido que la popularidad de un video de gatitos. Del otro lado del charco, Donald Trump se queja de que esto le da a los fabricantes japoneses una ventaja injusta, como si jugaran con un control alterado.
Ante el drama, Japón sacó la chequera y desembolsó la módica cantidad de 15,4 billones de yenes, unos 97.500 millones de dólares, para tratar de reanimar a su moneda. Mientras tanto, el secretario del Tesoro gringo admitió que su contribución fue «nominal», lo que probablemente significa que aportaron lo que uno pone para la vaquita de la oficina. Fue la primera vez en casi tres décadas que ambos países se ponían de acuerdo para algo más que discutir sobre béisbol.
Sin embargo, los expertos financieros ven esta operación con el mismo optimismo que un pavo en vísperas de Navidad. Advierten que todo este esfuerzo podría ser tan útil como ponerle una curita a una herida de bala. Si el Banco de Japón no se pone las pilas al mismo ritmo que la Reserva Federal, el yen podría volver a caer hasta los 160 por dólar, demostrando que en economía no hay amigos, solo intereses.
Así que, mientras las altas esferas juegan a ver quién tiene la billetera más grande, el yen se mantiene temblando como gelatina en una licuadora, cotizando a 157,95 por dólar. Al final, los peces gordos mueven miles de millones para mantener el equilibrio, mientras el resto de nosotros solo reza para que el aguacate no suba otra vez la próxima semana.



