Venezuela seduce inversores pero cerrar tratos parece misión imposible

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Francisco Amador, de Arqos Capital, asegura que el país vive una reconstrucción económica con hambre acumulada en consumo masivo, crédito y startups. Sin embargo, encontrar empresas listas para vender resulta tan complicado como convencer a un abuelo de soltar la finca familiar sin pelear. La firma invierte solo en Venezuela desde 2019 y prefiere moverse con contactos directos en lugar de esperar subastas públicas.

El crédito representa apenas el tres por ciento del producto interno bruto, frente al cincuenta o sesenta por ciento de otros países latinoamericanos. Esa brecha deja a empresas y consumidores sin financiamiento, pero también abre huecos para quien quiera meter productos especializados que la banca tradicional ni toca. Amador lo ve como un desierto donde cualquiera que lleve agua puede poner sus propias reglas.

Arqos impulsa el programa Casa212 para startups y recibió más de cuatrocientas diez solicitudes para elegir solo siete equipos. La idea es hacer dos tandas al año y apostar por crear compañías nuevas en vez de comprar las que ya existen. Muchos dueños no tienen apalancamiento ni urgencia de vender, así que los inversores deben negociar cara a cara y visitar plantas y locales en persona.

La producción petrolera anda por un millón doscientos mil barriles diarios contra un pico histórico de tres a tres millones y medio. Amador considera que más inversión en energía podría mover empleo y otros sectores, aunque todo depende de cómo se repartan los ingresos. Sin instituciones creíbles, el riesgo de que el dinero se esfume sigue siendo alto.

El escenario optimista que maneja es que el producto interno bruto se triplique o cuadruplique en la próxima década, como ocurrió en Polonia. Para lograrlo hace falta una transición democrática que devuelva credibilidad a la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo y el Consejo Nacional Electoral. Mientras tanto, Arqos prefiere las inversiones privadas antes que el mercado bursátil local, que describe como un cascarón vacío.

Al final, el verdadero reto no es solo detectar sectores con necesidades, sino encontrar dueños dispuestos a negociar y datos suficientes para evaluar el riesgo. En un mercado con poca transparencia y dueños aferrados a sus activos, esa combinación sigue siendo el principal dolor de cabeza para el capital privado.

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