La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), ese club exclusivo de los mandamases del crudo, parece estar viviendo una crisis de los sesenta… años. Resulta que Venezuela, uno de los abuelos fundadores, está pensando seriamente en tomar sus corotos y largarse, todo para coquetear con Estados Unidos. El impacto inmediato en el suministro de petróleo sería tan relevante como la opinión de tu suegra sobre tus finanzas, pero el chisme y el drama son de primera categoría.
Este no es un berrinche aislado, sino el último capítulo de una telenovela corporativa. Viene justo después de que los Emiratos Árabes Unidos agarraran sus maletas y se fueran, y mientras Irak pone cara de pocos amigos en las reuniones. Si esto sigue así, la OPEP podría pasar de ser un cartel temido a un grupo de WhatsApp donde todos se dejan en visto. El mayor miedo es que terminen peleándose por clientes como dos taquerías en la misma esquina, desatando una guerra de precios que nos dejaría a todos llorando en la gasolinera.
Sin la OPEP actuando como el adulto responsable del mercado, los precios del petróleo quedarían más descontrolados que un adolescente con tarjeta de crédito. La organización, que solía ser el gorila de 800 libras del sector energético, ha visto cómo le comen el mandado nuevos jugadores como Estados Unidos, Brasil y Guyana. Básicamente, su influencia se ha ido encogiendo como un suéter de lana en la secadora, mientras otros países se reparten el pastel.
Lo más irónico del asunto es que Venezuela fue uno de los cinco cerebritos que crearon este club en 1960, gracias a un tal Juan Pablo Pérez Alfonzo que no paró hasta lograrlo. Que ahora se quieran ir es como si el abuelo que fundó el negocio familiar de repente decidiera irse a trabajar con la competencia. Si Caracas concreta su huida, la OPEP perdería, junto con los Emiratos, una capacidad de producción combinada de más de 5 millones de barriles diarios, lo que representa un jugoso 17% del total que tenían a principios de año.
Según los que saben, la OPEP está librando una batalla perdida contra los nuevos vientos de la geopolítica. Estados Unidos está ganando más influencia del lado de la oferta que un *influencer* con un nuevo reto viral, mientras que China maneja los hilos de la demanda como un titiritero experto. El control del grupo sobre el mercado global se está debilitando más rápido que la señal del wifi en el último cuarto de la casa.
En resumen, el que una vez fue el club más temido del patio de recreo energético, ahora parece una reunión de condominio donde nadie se pone de acuerdo y varios amenazan con mudarse. Prepárense para un periodo de volatilidad que podría redefinir si la OPEP seguirá siendo el rey de la colina o si terminará como una reliquia de museo, justo al lado de los teléfonos de disco y la paciencia de la gente.


