¡Atención, almas atormentadas por el surtidor! Por primera vez en lo que parece una eternidad, llenar el tanque de gasolina no requerirá vender un riñón en el mercado negro. Los precios en Estados Unidos han decidido darnos un respiro, cayendo más de 12 centavos en la última semana. Así es, el galón de gasolina regular ahora promedia unos míseros 4.30 dólares, una cifra que casi nos hace llorar de alegría mientras revisamos las migajas que quedan en la cartera.
El diésel, ese combustible para gente ruda que conduce camionetas del tamaño de un pequeño país, también se unió a la fiesta, bajando 14 centavos hasta los 6.31 dólares por galón. Según un tal Patrick De Haan, que tiene el exótico título de director de análisis petrolero en GasBuddy, este alivio se sintió en 48 de los 50 estados. Al parecer, dos estados decidieron que sus ciudadanos no merecían ser felices y mantuvieron los precios por las nubes, probablemente por pura maldad.
Pero no saquen el champán todavía, porque este mismo experto aguafiestas advierte que la alegría podría durar menos que un propósito de año nuevo. Aunque estados como Georgia y Ohio vieron caídas más pronunciadas gracias a recortes de impuestos, otros lugares con precios más temperamentales que un adolescente podrían ver un repunte en cualquier momento. Básicamente, disfruten de este breve espejismo de prosperidad antes de que la realidad nos golpee de nuevo con su martillo de precios inflados.
Y justo cuando pensábamos que todo tenía una explicación lógica y aburrida, apareció Donald Trump para darle sabor al asunto. Desde su red social, el presidente de Estados Unidos (según la nota, no nos culpen a nosotros) lanzó una teoría digna de un guion de película de bajo presupuesto. Olvídense de la oferta y la demanda, el verdadero culpable de los precios altos son los ataques de Ucrania a las refinerías rusas. ¡Claro que sí, todo encaja!
No contento con señalar a un país en guerra, Trump también aprovechó para repartir culpas a los estados gobernados por sus rivales demócratas por cerrar refinerías. Es la jugada clásica: si algo va mal, la culpa es de los demás; si algo va bien, es gracias a su genialidad. Una estrategia que todos hemos intentado usar con nuestras parejas, generalmente con resultados desastrosos.
Así que ya lo sabe, la próxima vez que llene el tanque, puede sentirse un poco mejor por esos centavos ahorrados. Y si el precio vuelve a subir, no se preocupe, seguramente habrá una nueva y fascinante teoría conspirativa para explicarlo. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie seguirán haciendo malabares para llegar a fin de mes, sin importar quién esté bombardeando qué refinería.




