Abróchense los cinturones, porque la Secretaría de Hacienda acaba de soltar sus predicciones para el 2027 y, para sorpresa de nadie con dos dedos de frente, el panorama es para reír o llorar. Resulta que la deuda del país ha decidido entrar a una competencia de fisicoculturismo, poniéndose más musculosa que la economía, los ingresos y el gasto público juntos. Es como ver a un corredor con sobrepeso intentando alcanzar a un velocista olímpico que, además, va en motocicleta.
Para el próximo año, el gobierno calcula que nuestra cuenta pendiente alcanzará la bonita y manejable cifra de 21.66 billones de pesos. Este numerito, que suena a premio mayor de lotería intergaláctica, representa un histórico 55% del Producto Interno Bruto. En otras palabras, más de la mitad de todo lo que producimos en un año ya está etiquetado con un «se debe, no se toca», creciendo un robusto 3.6% mientras el resto de la economía apenas se levanta de la cama.
Claro que los genios de Hacienda tienen sus explicaciones listas, culpando al «mayor costo financiero» y a un tipo de cambio más caro, como si fueran factores impredecibles y no el pan de cada día. Afirman que el crecimiento del PIB ayudará a «contener» la dinámica, lo que equivale a intentar frenar un tren de carga con un cojín. Es el clásico «échale la culpa al dólar» mientras la tarjeta de crédito gubernamental echa humo.
La parte más cómica del asunto es la comparación de velocidades. Mientras la deuda corre a un 3.6%, el gasto público avanzará a un tímido 1.1% y los ingresos crecerán un modesto 1.7%. La economía nacional, por su parte, se espera que crezca entre un 1.5% y un 2.5%, lo que significa que la deuda no solo le gana, sino que le saca varias vueltas de ventaja en la pista.
Los analistas, esos aguafiestas que insisten en usar las matemáticas, ya están con el grito en el cielo. Expertos de México Evalúa y Banamex advierten que todo este castillo de naipes se sostiene sobre supuestos tan firmes como una gelatina en pleno temblor. Señalan que para estabilizar este desastre se necesita un crecimiento económico acelerado y, sorpresa, ¡recaudar más impuestos!
Al final, el argumento de que «otros países deben más» es el consuelo del mediocre. Es como presumir que tu vecino tiene el colesterol más alto mientras tú te comes un kilo de chicharrón. El problema, como bien señalan los que sí saben, es que los otros países también recaudan mucho más, así que al menos tienen con qué pagar sus cuentas.




