Lagarde le lee la cartilla al ministro ruso, quien nomás movía la cabeza como perrito de taxi

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Parece que a Christine Lagarde, la mandamás del Banco Central Europeo, se le acabó la paciencia para los berrinches diplomáticos. En lugar de levantarse y azotar la puerta como en reuniones pasadas, decidió que era hora de una confrontación cara a cara, al más puro estilo de directora de secundaria regañando a un alumno. El escenario fue una reunión a puerta cerrada en Bangkok, un lugar con suficiente calor y humedad como para que a cualquiera se le hinchen las narices.

Informe El Chapucero

Allí, arrinconó al ministro de Hacienda ruso, Anton Siluanov, y le soltó un sermón que ni tu tía en la cena de Navidad. Según los chismosos que nunca faltan, Lagarde le pidió que le llevara un recadito a su jefe Vladimir Putin: que su guerrita está fastidiando la prosperidad mundial. Básicamente, le dijo que dejara de jugar a la guerra y se pusiera a trabajar, porque con la paz es como se logra el crecimiento económico.

Lo más cómico de la situación fue la reacción, o más bien, la no reacción de Siluanov. El hombre tenía puestos unos auriculares para la traducción simultánea, con la mirada fija en el infinito. Mientras Lagarde se desgañitaba, él seguramente estaba pensando en la lista del supermercado o escuchando un podcast sobre jardinería, asintiendo de vez en cuando para no desentonar. Un espectáculo de comunicación fallida en su máxima expresión.

Este cambio de estrategia es notable, porque antes la delegación europea se limitaba a montar un numerito y abandonar la sala cada vez que el representante ruso abría la boca. Ahora prefieren el regaño personal y directo, que es igual de inútil pero mucho más entretenido para los espectadores. Para no perder la costumbre, Lagarde también calificó la invasión como la “guerra injustificada de Rusia contra Ucrania” en su discurso oficial, por si a alguien no le había quedado claro.

Al final del día, este encontronazo no cambió absolutamente nada, pero nos regaló una viñeta gloriosa de la política internacional. Mientras el portavoz del Banco Central Europeo se hacía el loco y se negaba a comentar el chisme, el mundo seguía girando y los problemas económicos también. Todo quedó en un momento incómodo que demuestra que, incluso con miles de millones de euros en juego, la diplomacia a veces parece una pelea de vecinos por el tendedero.

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