Emmanuel Roman de Pimco y John Connaughton de Bain Capital han encendido las alarmas sobre una posible caída en el sector de la inteligencia artificial. Según ellos en algún momento llegará una recesión y todo se desmoronará como un castillo de naipes en plena tormenta. Añaden que factores como el aumento de tasas o una crisis en la eurozona podrían acelerar el desastre.
Howard Marks de Oaktree lo define como un mercado saturado donde el escepticismo ya ronda las esquinas. Jody Jonsson de Capital Group señala una clara desconexión entre lo que prometen las empresas de IA y el ritmo real de adopción. Mientras tanto los gestores alternativos siguen invirtiendo a toda velocidad aunque reconocen que el tamaño de la apuesta aumenta el riesgo de perder hasta la camisa.
Los ejecutivos de Goldman Sachs y Morgan Stanley prefieren ver el lado brillante y hablan de un superciclo que podría mover entre diez y quince billones de dólares. Ted Pick de Morgan Stanley lo compara con la transformación más grande desde internet y asegura que los inversores siguen centrados en la demanda de computación. Jon Gray de Blackstone añade que subestimar las ganancias de productividad sería un error garrafal.
Jenny Johnson de Franklin Templeton advierte que el ciclo ya se ha alargado demasiado y que las grandes tecnológicas han pasado de generar caja a gastar capital como si no hubiera mañana. Pimco vendió posiciones justo a tiempo y evitó las pérdidas multimillonarias que ahora afectan a otros inversores en bonos. Bruce Flatt de Brookfield asegura que quien se interponga en el camino de estas empresas quedará aplastado sin remedio.
Bill Winters de Standard Chartered insiste en que estamos ante la mayor inversión jamás vista y que al final dará frutos jugosos. Sin embargo las advertencias sobre valoraciones excesivas se acumulan y el Nasdaq 100 ya sufrió una corrección técnica tras caer diez por ciento desde su máximo. Connaughton resume la duda central si se obtendrá un retorno real de tanto dinero apostado.
La tensión entre los agoreros de la burbuja y los optimistas empedernidos sigue creciendo mientras las emisiones de deuda de las tecnológicas alcanzan cifras astronómicas. Nadie sabe aún quién terminará riéndose y quién pagará la cuenta cuando el globo se pinche.




