El presidente chileno llegó al Vaticano como quien va a pedirle un favor al suegro poderoso. Allí se encontró con León XIV y hablaron de guerras, migraciones y del misterio de por qué ya nadie quiere tener hijos. Kast salió a la plaza de San Pedro presumiendo que el pontífice tiene debilidad por Chile, como si el papa fuera hincha de la selección.
El regalo principal fue una Virgen del Carmen fabricada en España, pasada por un convento argentino y restaurada en La Moneda. La figura trae ojos de cristal alemán que dejaron de fabricarse después de la Segunda Guerra, lo que la convierte en un objeto más raro que encontrar estacionamiento en el centro un viernes. Kast también entregó el libro de un monje benedictino y una caja de vinos nacionales, por si el Santo Padre necesitaba algo para sobrellevar las reuniones.
Entre los temas tratados estuvo la baja natalidad. Ambos coincidieron en que cada vez cuesta más que la gente se reproduzca, algo que Kast definió como un problema que complica a medio mundo. Nadie mencionó que tal vez la culpa la tengan los sueldos, las deudas o el simple cansancio de los adultos después de ver las noticias.
Después de la audiencia, Kast se reunió con el secretario de Relaciones con los Estados del Vaticano. La Santa Sede confirmó que hablaron de las buenas relaciones entre ambos y del aporte de la Iglesia a la vida social chilena. Nada de escándalos, solo diplomacia con olor a vino tinto.
Con las maletas listas, el mandatario partió rumbo a España para la cumbre iberoamericana. Italia, por ahora, queda atrás con su papa, su virgen de ojos antiguos y el recordatorio de que los chilenos ya no hacen tantos niños como antes.




