Trump se niega a soltar la silla presidencial como un niño caprichoso tras la paliza electoral

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La Casa Blanca soltó un mensaje en redes con Trump mirando fijamente como si le hubieran robado el último taco en la cena. El texto gritaba que él seguía mandando, aunque los demócratas ya le habían quitado las llaves del Congreso como quien confisca el control remoto a un suegro borracho.

Los republicanos recibieron una paliza en las elecciones de mitad de mandato que dejó el Capitolio en manos de la oposición. Ahora los demócratas pueden investigar hasta el color de los calzones de la administración y bloquear nombramientos como si fueran padres enfadados negando la salida nocturna.

El público, harto de precios que suben más rápido que la cuenta en una cantina, aranceles que duelen en el bolsillo y una guerra con Irán que parece sacada de una telenovela barata, votó con rabia contenida. Trump, por su parte, amenaza con vetar todo como un portero de discoteca que no quiere dejar pasar a nadie.

Al final, el país se queda mirando cómo el presidente se aferra al cargo con uñas y dientes mientras los demócratas afilan los lápices para firmar nuevas reglas. Nadie sabe si el veto servirá de algo o solo será otro grito en el vacío como los de la vecina del quinto cuando discute con su marido.

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