Tras años de una relación más tóxica que la cuenta de Twitter de un político, el Parlamento Europeo ha decidido que ya es hora de poner límites. En un ataque de valentía colectiva, con 454 votos a favor, los eurodiputados han declarado que la cosa con China ha llegado a un «punto crítico». Básicamente, han pasado de «es complicado» a «necesitamos hablar», amenazando con cambiar el estado de la relación si Pekín no empieza a comportarse como un socio y no como el dueño del balón.
El despertar fue más brusco que una alarma a las cinco de la mañana en lunes. De repente, en Bruselas se dieron cuenta de que su dependencia de China es tan grande que, si les cortan el suministro, no podrían fabricar ni un abrelatas. La lista de cosas que necesitan como un adicto al café es alarmante: materias primas, medicamentos, baterías y hasta los semiconductores que hacen funcionar sus tostadoras inteligentes. La estrategia ahora es una desintoxicación económica «rigurosa», lo que se traduce en buscar nuevos proveedores antes de quedarse a oscuras.
Con el valor de quien manda un mensaje de ruptura y apaga el móvil, la Eurocámara ha respaldado una respuesta «proporcionada» si China no abre sus mercados de par en par. Esto suena a la típica amenaza de «no me hagas ir para allá», mientras esperan que el gigante asiático se lo tome en serio. Para proteger lo poco que aún controlan, han pedido reforzar el control de las inversiones y cuidar sus tecnologías como si fueran el último aguacate del supermercado.
Para no quedarse solos llorando en un rincón, la UE desempolvó su plan ‘Global Gateway’, que es su intento de convertirse en el nuevo ricachón del barrio que presta dinero para proyectos. La idea es ofrecer una «alternativa creíble» a la chequera china, sobre todo en África y Latinoamérica, donde Pekín ya tiene montada la fiesta. Es el equivalente geopolítico de abrir un nuevo bar justo enfrente del más popular de la ciudad, esperando robarle la clientela.
Además, en la lista de quejas, que es más larga que un ticket de supermercado en quincena, está la preocupación de que el ejército chino ande entrenando soldados rusos. También le recuerdan a Pekín que con Taiwán, ni se les ocurra cambiar las reglas del juego por la fuerza, mientras mantienen esa incómoda política de «una sola China». Y por si fuera poco, le tiran de las orejas por la situación de los Derechos Humanos, pidiendo que liberen a los presos políticos.
Lo más cómico de esta telenovela es que, justo después de aprobar este manifiesto de independencia y orgullo, envían al comisario de Comercio a Pekín. La misión es lograr «resultados concretos» para reequilibrar la balanza comercial. Es como gritarle a tu casero que te vas a mudar y, al día siguiente, pedirle de favor si te puede arreglar la gotera del baño. El nivel de surrealismo es digno de un premio.



