¡Atención, damas y caballeros, tenemos un nuevo campeón! En una competencia que nadie quería ganar, Colombia se ha coronado como el rey regional de los intereses caros. Nuestros bonos a diez años superaron el vergonzoso techo del 13 %, mandando a Brasil al segundo lugar, que ahora nos mira con una mezcla de lástima y alivio desde su modesto 12.7 %. Es el tipo de primer lugar que se celebra con un suspiro y una aspirina.
¿Y cómo logramos esta hazaña tan particular? Fácil: con una crisis fiscal que da más miedo que una factura de hospital y una falta de señales claras que tiene a los inversionistas más confundidos que un pulpo en un garaje. Mientras los activos brasileños se ponían guapos tras su contienda electoral, los nuestros se devaluaban más rápido que el propósito de ir al gimnasio en enero. ¡Alguien que nos regale un manual de instrucciones económicas, por favor!
Pero no se preocupen, que en el listado mundial de mercados emergentes aún no somos los peores, ¡apenas ocupamos un honroso sexto lugar! Estamos en un club exclusivo junto a titanes de la estabilidad como Líbano, Turquía, Egipto, Nigeria y Ghana. Básicamente, es como si en la fiesta de la economía global, hubiéramos decidido sentarnos en la mesa de los que sabes que van a terminar rompiendo algo antes de que acabe la noche.
Para añadirle picante al asunto, en casa tenemos un drama digno de telenovela. Por un lado, el Comité Autónomo de la Regla Fiscal (Carf) dice que el hueco fiscal es de 7.8 % del PIB. Por el otro, el Ministerio de Hacienda, con el optimismo de quien compra lotería, insiste en que es de solo 7.2 %. La diferencia radica en que Hacienda cree que puede recortar 21.7 billones de pesos, mientras que el Carf les dice que con suerte lograrán cortar 9.7 billones.
Es la clásica discusión de pareja sobre el presupuesto: uno jura que va a dejar de pedir comida a domicilio y el otro sabe perfectamente que esa noche terminarán pidiendo pizza. Mientras nuestros genios financieros se ponen de acuerdo sobre cuánta plata realmente pueden ahorrar, el mercado nos mira con cara de “llámenme cuando dejen de pelear”. El único ajuste claro por ahora es el que le estamos haciendo al cinturón, pero para apretarlo cada vez más.




