El tren argentino se queda compuesto y sin novio multimillonario de último minuto

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En un giro dramático digno de telenovela de las nueve, el galán ricachón de la historia, Grupo México, decidió dejar plantado en el altar al Belgrano Cargas. Justo cuando todos preparaban el arroz y los mariachis, el multimillonario Germán Larrea Mota vio los papeles del «matrimonio» y salió corriendo, dejando al Gobierno argentino con un tren enorme, costoso y ahora, con el corazón roto y la cuenta sin pagar. La boda, programada para el 11 de noviembre, se queda sin su invitado de honor y con un montón de canapés que nadie se va a comer.

Al parecer, el flechazo se acabó al leer la letra pequeña del contrato. La compañía mexicana, que había prometido invertir la friolera de 3.000 millones de dólares para ponerle llantas nuevas y una mano de pintura al ferrocarril, se echó para atrás por «diferencias en los pliegos». Esto, en lenguaje de simples mortales, significa que leyeron las condiciones y pensaron que era más fácil armar un mueble de IKEA con los ojos vendados y usando solo un tenedor.

Y es que el novio no era precisamente una joyita. Belgrano Cargas es un gigante de 7.594 kilómetros que atraviesa 16 provincias, pero con un pequeño defecto: en 2023 le costó al Estado 112 millones de dólares para no irse a la quiebra. Según el propio gobierno, la empresa tiene más personal que un concierto gratuito y una estructura jerárquica que haría sonrojar a la realeza europea, todo para mover menos carga que una carretilla con una rueda pinchada.

Aquí viene la parte más alucinante de este culebrón ferroviario. Desde 1970, la producción del campo argentino, que es el principal cliente del tren, ¡se multiplicó por seis! Sin embargo, el Belgrano Cargas, en un acto de rebeldía existencial, transporta hoy menos mercancía que en aquella época. Es como tener seis veces más sed y que tu cantinero decida servirte medio vaso de agua tibia cada dos horas.

Con la fuga del pretendiente extranjero, la fiesta de privatización se ha convertido en un baile de pueblo al que solo han ido los locales. Ahora, las grandes cerealeras del país, como Bunge y Cargill, son las únicas que quedan mirando al tren, probablemente preguntándose si de verdad quieren casarse con alguien que lleva 50 años en terapia intensiva y con deudas.

El ministro de Economía, Luis Caputo, insiste en que su plan es encontrar a valientes dispuestos a transformar «un sistema roto en un motor de competitividad». Básicamente, están buscando a un mecánico milagroso que pueda convertir un vocho oxidado en un auto de carreras, y que además pague por el privilegio. Mientras tanto, el tren argentino espera en el andén, con el velo corrido y el rímel a punto de estallar.

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