Parece que la fiesta financiera en Colombia y Argentina ha llegado a su fin con una resaca monumental. Sus bonos de deuda pública, que hace un par de meses eran la sensación, ahora tienen menos atractivo que una película de festival de cine de cuatro horas. La razón principal es que el Tío Sam decidió subir los intereses de sus propios bonos, y ahora los inversionistas huyen del riesgo latinoamericano como si hubieran visto al mismísimo diablo ofreciéndoles un esquema piramidal.
Según los sabelotodo de la economía, el culpable de todo es el bono del Tesoro de Estados Unidos, que funciona como el chico popular de la escuela. Cuando él sube sus estándares, los demás parecen una colección de perdedores. Esto provoca que los bonos de países con la estabilidad financiera de un flan en una lavadora, como Colombia y Argentina, pierdan valor más rápido que la paciencia en el tráfico de fin de mes, pues nadie quiere arriesgar su dinero en ellos.
En Colombia, el drama es de antología. El optimismo político inicial se desvaneció como promesa de año nuevo porque el gobierno no ha presentado ni una sola medida concreta para arreglar su desastre fiscal. Ahora admiten que el déficit podría superar el 9% y la deuda roza el 65% del PIB. Para colmo, necesitan pedir prestados al menos 15.000 millones de dólares, una cifra con la que uno podría comprar un país pequeño o financiar la producción de trescientas telenovelas.
Mientras tanto, en Argentina, la telenovela es distinta pero igual de dramática. A los inversionistas les aterra la posibilidad de que en las elecciones de 2027 gane alguien que tire a la basura todas las políticas actuales. El país tiene fama de ser un activo «beta», lo que en español de la calle significa que si los mercados emergentes estornudan, Argentina termina en terapia intensiva con neumonía. Su prima de riesgo país es de 675 puntos, un número tan alto que parece más un puntaje de videojuego que un indicador financiero.
Al final del día, ambos países están en un aprieto más grande que un elefante en un ascensor. Colombia necesita demostrar que su plan de ajuste fiscal es más que un dibujo en una servilleta, y Argentina tiene que convencer al mundo de que su futuro político no será un circo de tres pistas. Mientras tanto, los mercados los observan como quien mira a dos amigos intentando pagar la cuenta de un restaurante de lujo con cupones de descuento vencidos.




