El Senado de Paraguay decidió sacar a Santiago Peña del sillón presidencial como quien despide a un mesero que derramó toda la cerveza en la mesa. El motivo oficial es el derrumbe del banco ueno, esa entidad que prometía descuentos por todos lados y terminó pareciendo una rifa sin premios donde los billetes volaron solos.
Peña mandó su renuncia el jueves para “evitar más lío”, pero el Senado ni siquiera la miró. Siguió el juicio político como si fuera un partido de fútbol con penales inventados y árbitro borracho. Mientras tanto, los ahorristas del banco empiezan a recuperar migajas de su plata, como quien busca monedas debajo del sillón después de que el perro se comió el colchón.
Los diputados acusadores gritaron que Peña estaba metido hasta el cuello en el esquema, que proponía a los directivos del banco y que el asunto olía a vaciamiento como sopa de la abuela. La defensa respondió que todo era un atropello al debido proceso y que juzgar a alguien que ya renunció era como demandar al carnicero después de haber pagado la carne.
En las calles de Asunción la gente protestaba con bloqueos, neumáticos quemados y consignas contra los “tibios”. Hasta los bomberos se quedaron sin plata para los camiones porque sus fondos también estaban congelados en ueno. El resultado es un país que parece una telenovela de horario estelar donde nadie sabe quién es el villano definitivo y todos terminan gritando “¡corralito!” como en el 2001 argentino, pero con guaraníes y más calor.



