El presidente Rodrigo Paz anunció con cara de quien descubre la pólvora que Bolivia necesita un centro de pensamiento estratégico contra el crimen organizado. La sede será el mismo mamotreto de sesenta millones de dólares que antes albergaba el Parlamento de Unasur y que ahora parece más un mausoleo que un palacio.
El edificio, construido en tiempos de Evo Morales, quedó tan vacío como la nevera de un estudiante después de la inauguración. Ocho años después, Paz lo quiere reconvertir en la sede de la lucha contra el narcotráfico, como quien usa un calcetín sucio para tapar una gotera.
Durante la cumbre en Madrid, Paz invitó a todos los países iberoamericanos a unirse contra el narco. Después tuiteó que ya es hora de que la región se ponga las pilas, aunque algunos países parecen más interesados en poner las manos en la masa que en la masa de los delincuentes.
Bolivia también se sumó al Escudo de las Américas impulsado por Donald Trump, una alianza que suena a película de acción de los noventa pero con más discursos y menos explosiones. Mientras tanto, el país sigue descubriendo que algunos funcionarios tienen más vínculos con el hampa que con el Estado.
Paz presume de haber capturado a Sebastián Marset y de procesar a un exfiscal acusado de proteger narcos. La policía también anda detrás de bandas brasileñas como el PCC y el Comando Vermelho, que operan en Bolivia como si tuvieran pasaporte diplomático y cuenta en el banco.
Al final, la propuesta suena a reciclar un fracaso monumental para combatir un problema que crece más rápido que la cuenta del bar en una fiesta de políticos. Iberoamérica, por ahora, solo ha recibido una invitación a pensar estratégicamente en un edificio que ya demostró ser mejor para guardar polvo que para guardar delincuentes.



