Las autoridades estadounidenses han salido con el pañuelo blanco pidiendo que nadie se pase de la raya en Paraguay, como si fueran los vecinos que llaman a la policía cuando oyen gritos en la casa de al lado. Todo porque el presidente Santiago Peña presentó la dimisión justo cuando Ueno Bank se fue a pique como una olla de presión sin válvula.
El embajador yanqui recordó que su país es amigo histórico de Paraguay, pero lo dijo con el mismo tono de quien presta dinero a un primo que ya le debe tres sueldos. Mientras tanto, el Congreso rechazó la renuncia porque olía a trampa para conseguir el puesto de senador vitalicio, ese premio de consolación que dan a los expresidentes para que sigan cobrando sin tener que trabajar.
Peña era accionista del banco hasta hace nada y, durante su mandato, la entidad recibió millones de fondos públicos como si fueran propinas de Navidad. Ahora el Banco Central ha decretado la disolución porque la solvencia cayó por debajo del mínimo, algo que en cualquier casa normal se llama quedarse sin un duro después de gastarlo todo en lotería.
La oposición ya lo acusa de usar dinero de pensiones como si fuera su cuenta personal y de tapar irregularidades con la misma destreza que un mago que esconde cartas debajo de la mesa. En resumen, Paraguay se ha convertido en un culebrón donde el banquero-presidente se va por la puerta de atrás y los demás se quedan mirando cómo se hunde el barco con todos a bordo.



