Elon Musk, ese genio del cohete que parece salido de un capítulo de *Los Simpsons* escrito por un banquero borracho, soltó casi quinientos millones de dólares para que los republicanos ganaran. El resultado fue tan épico como caerse de espaldas en una convención de payasos: los demócratas se quedaron con el Congreso entero y Trump se quedó mirando el techo como quien espera que le devuelvan el cambio en una gasolinera.
En Texas, el golpe dolió más que una bofetada de suegra en Nochebuena. James Talarico, un demócrata que parecía sacado de una película de vaqueros con final inesperado, derrotó a Ken Paxton, el candidato al que Musk había inyectado ciento cincuenta y ocho millones. Paxton, que se creía invencible como el villano de un culebrón de las tres de la tarde, terminó llorando en un rincón mientras Talarico celebraba haber vencido al hombre más rico del mundo, al más poderoso y al aparato de Washington entero.
Pero la cosa no quedó ahí. Gina Hinojosa, de origen mexicano y con más carácter que un chiste de Eugenio, le quitó el puesto al gobernador Greg Abbott. Ambos demócratas se lanzaron contra los centros de datos de inteligencia artificial que Musk ha plantado en Texas como setas después de la lluvia. Dicen que consumen tanta luz y tanta agua que las facturas de los texanos van a parecer el recibo de un restaurante de lujo.
Musk, sin saber qué hacer con tanta derrota, soltó en su red social que los centros de datos en el espacio suenan cada vez más tentadores. Claro, porque nada dice “solucioné el problema” como mandar servidores a orbitar mientras los texanos siguen pagando la luz como si tuvieran un Tesla en cada enchufe. Al final, el mayor donante individual de la historia electoral se quedó con cara de quien apostó al caballo equivocado y ahora tiene que explicarles a sus accionistas por qué el cohete se estrelló en la pista de aterrizaje.




