Resulta que después de años de controles sanitarios más estrictos que un interrogatorio de suegra en Nochebuena, el Reino Unido y la Unión Europea han elaborado un borrador de doscientas páginas para que la comida cruce la frontera sin que parezca que va a cometer un delito. El texto ya anda circulando por Bruselas como si fuera el nuevo capítulo de una telenovela interminable donde todos discuten quién se queda con el jamón.
El acuerdo promete eliminar certificados, tasas, inspecciones y controles que convertían cada exportación en una odisea digna de un reality de supervivencia. Imagínate que para vender un queso tienes que presentar certificado de buena conducta, prueba de que no es vegano infiltrado y hasta una foto reciente del producto con expresión seria. Todo eso, según parece, va a desaparecer como los calcetines en la lavadora.
Además del tema de los alimentos, también se reparte un texto sobre movilidad juvenil para que los jóvenes de entre dieciocho y treinta años puedan vivir, trabajar o estudiar al otro lado del canal durante dos o tres años sin necesidad de visado de trabajo tradicional. Básicamente, un Erasmus para adultos que todavía no saben cocinar pero ya quieren independizarse de la nevera de sus padres.
El primer ministro británico, Andy Burnham, anda últimamente hablando de estrechar lazos con Europa como quien propone reconciliarse después de una borrachera colectiva en la que todos votaron irse de la fiesta. El borrador se discutirá esta semana entre embajadores, mientras los detalles del programa juvenil se negocian con la misma delicadeza que un reparto de herencia entre primos lejanos.
Al final, parece que la relación post-Brexit va camino de parecerse a esas parejas que se separaron, vendieron el coche y ahora vuelven a compartir el garaje porque resulta que el parking es más barato así.




