Los diplomáticos de Estados Unidos, Corea del Sur y Japón se reunieron en Atlanta durante la cumbre del G20 y salieron con cara de quien acaba de firmar un pacto para que el vecino deje de poner música a todo volumen a las tres de la mañana. Juraron que Corea del Norte debe entregar hasta el último misil, aunque el régimen de Pyongyang ya metió en su Constitución que las bombas atómicas son para siempre, como las deudas del banco o las fotos vergonzosas en el grupo familiar.
Mientras tanto, todo el mundo especula con un posible encuentro entre Trump y Kim Jong Un en la cumbre de la APEC en China. Sería como ver a dos gallos de pelea intentando coquetear delante de la suegra rusa y la prima china que siempre presta dinero. Trump ya le ha mandado varias invitaciones a charlar, pero Kim sigue contestando que sus armas nucleares son irreversibles, lo mismo que el olor a fritanga que se queda en la cortina después de hacer churros.
Los tres ministros prometieron aplicar todas las sanciones de la ONU, incluidas las que prohíben financiar programas de misiles. Es decir, que nadie le preste ni un euro a Pyongyang para que compre más fuegos artificiales de los que caben en un garaje. Sin embargo, Rusia y China siguen dándole palmaditas en la espalda al dictador norcoreano, como esos amigos que te animan a seguir bebiendo aunque ya estás viendo doble.
Analistas surcoreanos creen que Kim ya le pasó el recado a Pekín sobre posibles negociaciones durante su visita a Dandong. O sea, que el mensaje viaja más rápido que el chisme de que fulano dejó a su mujer por la influencer del gimnasio. Mientras tanto, Trump ha reducido maniobras militares con Corea del Sur, como quien decide no llevar el perro a ladrar debajo de la ventana del vecino para ver si así se calma.
Al final, todo parece un teatro absurdo donde unos exigen que se apaguen las luces nucleares y el otro responde que primero le compren bombillas nuevas de repuesto. Y el mundo, como siempre, mirando desde la puerta sin atreverse a entrar.




