El presidente Rodrigo Paz decidió terminar con los controles de precios y las subvenciones que venían de los tiempos socialistas. Los inversores extranjeros respondieron con una subida de los bonos bolivianos y el país volvió a los mercados de deuda internacional. La moneda se estabilizó y hasta el Fondo Monetario Internacional aprobó un programa de mil novecientos millones de dólares. Sin embargo, los precios de los alimentos básicos se más que duplicaron en dieciocho de veintiún productos y la gente empezó a salir a las calles.
La popularidad de Paz cayó del sesenta y cinco por ciento al veintiuno por ciento en solo unos meses. Una encuesta de Ipsos mostró que solo el veinticuatro por ciento de los bolivianos cree que el país va por buen camino. La economía se encamina a su tercera contracción anual consecutiva y las protestas paralizaron varias regiones a inicios de año. El gobierno culpa a los desequilibrios heredados, pero los ciudadanos pagan la cuenta en la mesa diaria.
Reyna Villena, madre soltera de seis hijos que lustra zapatos en La Paz, ya no puede comprar carne, pollo ni huevos. Ahora sobrevive con pan, té, arroz y fideos. En el mercado de Lanza, Herminia Medrano redujo el tamaño de sus ollas tres veces porque los clientes dejaron de comer fuera de casa. Los vendedores ambulantes reportan una caída del cincuenta por ciento en sus ventas y muchos hogares han bajado de tres comidas a dos.
El gobierno ofrece transferencias en efectivo a embarazadas, estudiantes y ancianos para suavizar el golpe. Aun así, la inflación general bajó al cinco coma siete por ciento, aunque los alimentos subieron mucho más rápido. Los analistas advierten que los recortes en diésel y gas natural podrían provocar una explosión social entre la población informal, que representa la gran mayoría del empleo.
Pese a todo, las reservas siguen bajas y el país necesita más préstamos multilaterales. Los exportadores celebran que la situación sea mejor que hace un año, pero las ollas pequeñas de los mercados siguen contando otra historia. Paz apuesta a que la inversión privada llegue pronto, aunque los bolivianos ya se apretaron el cinturón hasta el último agujero.




