La Asamblea General de la ONU se reunió como si fuera una reunión familiar donde todos le gritan al tío rico que suelte el rencor de sesenta años contra su sobrino cubano. Esta vez votaron ciento treinta países a favor de que Estados Unidos deje de asfixiar a la isla, diecisiete en contra y veinticinco se hicieron los suecos absteniéndose, algo que no pasaba desde que el embargo era más viejo que el chiste del médico y la monja.
Alemania e Italia, que antes siempre levantaban la mano contra el embargo, esta vez prefirieron mirar al techo como quien finge que no vio la bronca en la mesa navideña. El embajador yanqui Mike Waltz salió contento porque unos cuantos países ricos cambiaron de bando, como si presumiera de haber convencido a la suegra de que el vino barato sabe mejor.
Por su parte, el canciller cubano Bruno Rodríguez soltó que Estados Unidos sigue empeñado en un castigo colectivo que parece más rencor de ex que política exterior. Mientras tanto, Trump repitió que Cuba es un Estado fallido, como si el que lleva sesenta años bloqueando el supermercado pudiera dar lecciones de cómo se administra una casa.
Al final, la votación anual se parece cada vez más a un reality donde el público grita que suelten al rehén pero el que tiene las llaves se hace el sordo y sigue cobrando el alquiler atrasado.




