América Latina concentra millones de empleadas domésticas en la informalidad según la OIT

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La región de América Latina y el Caribe reúne a 14,6 millones de trabajadores domésticos, de los cuales más de tres cuartas partes siguen en la informalidad total durante 2025. Este dato proviene directamente del informe de la Organización Internacional del Trabajo que analiza la evolución desde el Convenio 189. La zona aporta el 18,2 por ciento del empleo doméstico mundial, una porción nada despreciable si se piensa en la cantidad de pisos que se limpian sin contrato ni seguro.

A nivel global hay 80 millones de personas dedicadas a estas tareas, de las cuales 66,5 millones carecen de cualquier protección laboral efectiva. Eso representa el 83,1 por ciento del sector y supone 5,1 millones más que en 2019. Las mujeres constituyen el 88,6 por ciento de estas trabajadoras en la región, lo que convierte el asunto en un problema que afecta mayoritariamente a ellas y a sus jornadas interminables.

Las cifras salariales resultan tan ridículas como previsibles: perciben en promedio apenas el 53,3 por ciento del sueldo mensual de otros asalariados. Las informales bajan hasta el 48,7 por ciento y la brecha se ha ampliado desde 2019, cuando al menos llegaban al 56,4 por ciento. Además, el 35,2 por ciento trabaja al menos 49 horas semanales y un 14,6 por ciento supera las 60 horas, como si el día tuviera más de veinticuatro horas solo para ellas.

El informe destaca que estas personas realizan labores esenciales como limpieza, cocina y cuidados de niños o ancianos, pero su contribución sigue siendo sistemáticamente infravalorada. Patrick Belser, jefe del departamento de trabajo informal de la OIT, resume la contradicción con claridad: no se puede decir que se valoran los cuidados mientras se desprecia a quienes los prestan.

La organización propone formalización real, salarios mínimos efectivos, protección social y cumplimiento estricto de la normativa existente. Mientras tanto, el sector sigue creciendo por cambios demográficos y necesidades de cuidados que nadie parece dispuesto a pagar como corresponde. Al final, la conclusión es tan obvia como incómoda: sin derechos decentes, el trabajo doméstico sigue siendo una lotería donde casi todos pierden.

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