Más de 158 millones de electores brasileños se levantaron este domingo dispuestos a decidir si el país lo gobierna un ex preso con 80 años o el heredero de un capitán que promete mano dura y nevera llena. La jornada electoral se abrió a las ocho de la mañana en Brasilia y se cerró a las cinco, mientras el resto del planeta miraba como si estuviera viendo un partido de fútbol sin árbitro.
Trump, desde la Casa Blanca, se negó a apoyar a nadie y soltó que su gobierno “estaba atento”. Es decir, el gringo se quedó mirando por la ventana como el vecino que espía la pelea de la pareja de al lado sin meterse, pero contando todo por el grupo de WhatsApp.
Geraldo Alckmin, el vice de Lula, votó optimista y rodeado de exministros. Dijo que, si Dios quiere, la victoria sería del pueblo. En la cola de al lado, Lula mismo apareció con bandera de Brasil, la primera dama y un discurso donde llamó miliciano a su rival y aseguró que el pueblo jamás dejaría que uno así llegara al Planalto. Flávio Bolsonaro, por su parte, votó en Río con su esposa y pidió que la gente salga llueva o truene, porque la vida empeoró y el miedo ya se metió hasta en la nevera.
En Portugal, miles de brasileños hicieron fila bajo la lluvia para votar, esperando que esta vez la participación suba al cincuenta por ciento. En Asia y Oceanía, Lula ganó en varios países mientras Flávio se quedó con Japón y Malasia, como si el planeta se hubiera dividido en dos equipos de fútbol que nadie pidió.
El Tribunal Superior Electoral ya imprimió el primer informe del día y prometió resultados cerca de las ocho y media de la noche. Mientras tanto, se registraron 32 casos de delitos electorales, tres detenciones en flagrancia y una cantidad indeterminada de brasileños preguntándose si esta segunda vuelta servirá para algo más que cambiar de miedo cada cuatro años.




