Más de ciento cincuenta y ocho millones de brasileños se levantaron este domingo con la misma cara de quien elige entre sopa de repollo y churrasco quemado. El balotaje entre un Lula de ochenta años que promete volver al poder y un Flávio Bolsonaro que jura mano dura contra todo lo que se mueva se convirtió en una telenovela de corrupción, miedos y promesas que nadie cree del todo.
La jornada empezó a las ocho de la mañana en Brasilia y terminó a las cinco, como un partido de fútbol sin goles pero con mucha patada. Los primeros resultados llegaron apenas cerraron las urnas, mientras el país contenía la respiración como quien espera el resultado de una prueba de paternidad.
Lula llegó a la segunda vuelta con el cuarenta y cinco por ciento de los votos y Bolsonaro con el cuarenta y siete. La diferencia es tan pequeña que parece una discusión de pareja por quién se terminó el último pedazo de pizza. Los cuarenta y ocho millones de electores que no votaron por ninguno de los dos ahora son el premio gordo que ambos candidatos intentan seducir con guiños, promesas y alguna que otra amenaza velada.
El veterano del Partido de los Trabajadores busca su cuarto mandato y convertirse en el primer candidato que gana un balotaje después de perder en primera vuelta. Mientras tanto, el candidato del Partido Liberal promete seguridad, mano dura y acabar con la corrupción, como si fuera el primer político en prometer eso en la historia de la humanidad.
En Asia y Oceanía ya votaron los brasileños que viven lejos. Lula ganó en Nueva Zelanda, Corea del Sur, China, Singapur y Australia. Bolsonaro se quedó con Japón, Malasia, Filipinas y Tailandia. Es como si el mundo se hubiera dividido entre los que prefieren samba y los que prefieren rugir como león en la selva de cemento.
En São Bernardo do Campo, Lula votó con bandera de Brasil, la primera dama, el vicepresidente y dos exministras. Declaró que disputa la elección contra un miliciano descalificado y que el pueblo brasileño jamás permitirá que alguien así ocupe el Palacio de Planalto. Después agradeció a sus seguidores como quien agradece que no le hayan robado el auto en el estacionamiento.
Sergio Moro votó en Curitiba con una camiseta que decía “Curitiba encarceló, Brasilia liberó” y una pegatina de Bolsonaro. El exministro de Justicia parece haber olvidado sus acusaciones de interferencia policial y ahora apoya al mismo apellido que antes criticaba. La memoria política en Brasil a veces dura menos que un helado al sol.
En Portugal miles de brasileños hicieron fila para votar. El embajador local espera que la participación llegue al cincuenta por ciento, mucho más que en la primera vuelta, cuando un puente festivo le ganó la partida al civismo. Los seguidores de ambos candidatos se concentraron en la Ciudad Universitaria de Lisboa como si fuera final de Copa Libertadores, pero con papeletas en vez de banderas.
Alexandre de Moraes, ministro del Supremo Tribunal Federal, fue el primero en votar en su sección de São Paulo y declaró que el sistema electoral brasileño es el mejor del mundo. Nadie le preguntó qué opina de los sistemas electorales que permiten que un candidato llame miliciano al otro en vivo y en directo.
Flávio Bolsonaro votó en Río de Janeiro con su esposa y declaró que llegó la hora del cambio, que Brasil no aguanta más y que la esperanza se convirtió en miedo a caminar de noche, a la nevera vacía y a no pagar las cuentas. Pidió que la gente salga a votar llueva o haga sol, como si el clima fuera el único obstáculo real.
El presidente del Tribunal Superior Electoral imprimió el primer informe del día en una urna de Brasilia para demostrar que no había votos antes de que empezara la jornada. Después deseó que todo transcurra en paz, frase que en Brasil siempre suena a ruego más que a pronóstico.
Para ganar el balotaje basta con obtener más votos válidos que el rival. No hay porcentaje mínimo exigido. Los votos en blanco y nulos no se suman a nadie y tampoco anulan la elección. Es más sencillo que elegir entre dos platos en un restaurante donde el menú solo tiene dos opciones y ambas saben a compromiso.




