Brasil elige presidente en un balotaje más apretado que la nevera de un jubilado

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Más de ciento cincuenta y ocho millones de brasileños se levantaron este domingo dispuestos a decidir si prefieren a un octogenario que ya gobernó tres veces o al hijo del capitán que promete mano dura y nevera llena. La jornada arrancó a las ocho de la mañana en Brasilia y se extendió hasta las cinco, con la misma emoción que un partido de fútbol sin goles pero con mucho penalti fallado.

Lula, con ochenta años y la experiencia de quien ya vio de todo, busca su cuarto mandato como si fuera el primer candidato que gana un balotaje tras perder la primera vuelta desde mil novecientos ochenta y nueve. Mientras tanto, Flávio Bolsonaro promete endurecer la seguridad y acabar con la corrupción, algo que suena tan creíble como prometer que el tráfico de Río va a mejorar porque llueve.

La diferencia entre ambos es tan mínima que los cuarenta y ocho millones de electores que no votaron por ninguno en la primera vuelta se convirtieron en el premio gordo. En Portugal, miles de brasileños hicieron fila para votar, esta vez sin puente festivo de excusa, y con la esperanza de que la participación subiera como la temperatura en un asado sin sombra.

Sergio Moro apareció con una camiseta que decía “Curitiba encarceló, Brasilia liberó”, como si estuviera vendiendo camisetas de recuerdo en lugar de votar. Alexandre de Moraes, por su parte, fue el primero en sufragar en San Pablo y declaró que el sistema electoral brasileño es el mejor del mundo, justo antes de que alguien le recordara que también es el más vigilado.

Flávio Bolsonaro votó en Río acompañado de su esposa y lanzó un discurso sobre el miedo a caminar de noche y la nevera vacía, como si estuviera narrando un capítulo de una telenovela dramática en vez de una elección presidencial. El presidente del Tribunal Superior Electoral imprimió el primer informe del día, ese papelito que confirma que la urna está virgen, algo que en cualquier otro país sería tan emocionante como ver secar pintura.

En resumen, Brasil decide si quiere volver al pasado o seguir con el mismo pasado pero con otro apellido. Llueva o haga sol, los brasileños salieron a votar porque, al final, la única certeza es que la política sigue siendo ese deporte nacional donde nadie gana sin que alguien más pierda la esperanza.

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