Zelensky dice ‘ni un paso atrás’ mientras Putin responde ‘lo mío es mío y lo tuyo es negociable’

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En el último capítulo de la telenovela geopolítica que tiene a todos con el alma en un hilo, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, se ha puesto más terco que una mula con GPS y ha declarado que no piensa regalarle a Rusia las ciudades de Sloviansk y Kramatorsk. Al parecer, ceder ese par de pueblos es como dejarle la puerta de tu casa abierta al vecino gorrón; sabes que al día siguiente lo tienes durmiendo en el sofá y acabando con tu despensa.

En una entrevista para un programa británico de esos que escuchan los jefazos, Zelensky lo dejó claro: «Si les damos nuestras ciudades, el riesgo es como prestarle dinero a un político; sabes que no lo volverás a ver». Según él, si se retiran, lo próximo que los rusos pedirán serán las llaves del coche y a la hija mayor en matrimonio. Para ponerle un poco de azúcar al asunto, propuso «congelar» la pelea donde está, lo que suena a esa tregua que pides en una discusión de pareja para ir al baño.

Del otro lado del ring, Vladimir Putin, tras consultar su bola de cristal histórica, respondió que ni de broma devuelve los territorios que ya se agenció, porque según su mapa del tesoro personal, «ese es el territorio histórico de Rusia». Al oír la oferta de «congelar» la cosa, se cuenta que soltó una carcajada que hizo temblar los Urales. Para él, la propuesta de Zelensky es como si alguien te roba la cartera y luego te ofrece generosamente no gastarse tu dinero, siempre y cuando no se la pidas de vuelta.

Como si la cosa no fuera ya un circo de tres pistas, Putin desempolvó su tesis de que rusos y ucranianos «son un mismo pueblo», basándose en «análisis genéticos» que seguramente encontró en la caja de un cereal. Mientras tanto, en un intento desesperado por poner orden, un enviado de la Casa Blanca fue a San Petersburgo a mediar, probablemente con una caja de donas y mucha paciencia. Acordaron «reanudar las negociaciones», que es el término diplomático para «juntarse a tomar café caro y mirarse feo hasta que alguien se aburra». Así que, mientras el mundo espera a ver si se arreglan o si terminan resolviéndolo a piedra, papel o tijera, la única certeza es que esta historia tiene más giros que una licuadora.

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