La deuda pública francesa está tan cara que los inversionistas exigen una prima contra los bonos alemanes como si les pidieran pagar la cena de todo el grupo. Esa diferencia llegó a su nivel más alto en catorce años y dejó a los mercados con la misma confianza que un novio en la casa de la suegra. Las protestas callejeras y las finanzas públicas descontroladas son las culpables principales de este lío.
Los ministros franceses prometieron más policías y hasta tropas para controlar las próximas manifestaciones. Mientras tanto, el rendimiento del bono francés a diez años subió hasta 5.06 por ciento y rozó el 5.1415 por ciento, algo que no se veía desde julio de 2002. Los alemanes, convertidos en el refugio seguro, observan desde lejos cómo el diferencial alcanza 177.7 puntos básicos, el máximo desde la crisis de la deuda de 2011.
Los inversores están nerviosos por las elecciones presidenciales del año próximo y por la imposibilidad de aprobar presupuestos sin que todo el mundo se pelee. Aunque la confianza industrial mejoró en octubre, nadie parece importarle demasiado cuando los bonos se venden como si fueran entradas para un concierto sin butacas.
El Banco Central Europeo podría intervenir si las cosas se ponen feas, pero los analistas creen que el umbral es altísimo. Haría falta que el contagio se extendiera como una gripe en un autobús lleno para que el organismo considerara que los movimientos están fuera de control.
Al final, los franceses siguen endeudándose mientras el resto de Europa mira con una ceja levantada y la cartera bien cerrada.




