En una movida tan predecible como el final de una telenovela, los gigantes tecnológicos Meta y Tesla presentaron sus resultados trimestrales y Wall Street reaccionó con el entusiasmo de quien recibe una multa de tránsito. A pesar de mostrar números decentes, los inversionistas entraron en pánico al ver la cantidad de dinero que ambas compañías están quemando en sus apuestas de ciencia ficción, como la inteligencia artificial y los autos que se manejan solos. Es como si le mostraras a tus padres un boletín con buenas notas, justo antes de pedirles un millón de dólares para construir un cohete en el patio.
Por el lado de Mark Zuckerberg, la cosa es para reír y llorar. Meta anunció un jugoso aumento de ingresos del 26%, pero el chiste se cuenta solo cuando miras el flujo de caja: pasó de tener más de 10.600 millones de dólares a favor a un agujero de 2.100 millones en negativo. Es una hazaña de contabilidad mágica que haría sudar a cualquier ilusionista. Mientras tanto, Zuckerberg insiste en que «las inversiones están dando frutos», una frase que suena genial hasta que te das cuenta de que esos frutos, de momento, son de plástico y vienen con una factura adjunta.
Al otro lado del patio de recreo de los millonarios, Tesla no se queda atrás en el drama. La compañía vio cómo su beneficio neto se desplomaba un 43%, una caída más estrepitosa que la popularidad de un político después de subir los impuestos. La buena noticia es que más del 75% de los compradores en Norteamérica están pagando por el sistema de conducción autónoma, lo que demuestra que la gente está dispuesta a pagar extra por un copiloto robot que probablemente juzga en silencio cómo estacionas.
Los analistas de Wall Street, esa gente que vive en un estado de nerviosismo perpetuo, ya no saben qué pensar. La confianza en Meta es altísima, con un 91,1% recomendando comprar sus acciones, como si fuera el último aguacate bueno del supermercado. Sin embargo, Tesla divide opiniones como una pizza con piña, convenciendo apenas al 49,2% de los expertos. La pregunta que todos se hacen en voz baja es la misma que le haces a tu amigo emprendedor: «Tu idea es genial, ¿pero cuándo vas a empezar a ganar dinero de verdad?».
Al final, todo se reduce a una apuesta digna de un casino de Las Vegas. Meta tiene la ventaja de tener un negocio publicitario que funciona como un cajero automático para financiar sus carísimos pasatiempos de inteligencia artificial. Tesla, en cambio, depende de un negocio de autos que ya siente la presión, mientras intenta que los robotaxis sean una realidad antes de que se acabe el dinero. Para el resto de los mortales, es un espectáculo fascinante de ver, siempre y cuando sus finanzas personales no se parezcan al flujo de caja de Zuckerberg.




