En un arrebato de generosidad que haría llorar a un usurero, Vladímir Putin ha anunciado que está listo para “llegar a un acuerdo” con Ucrania. El truco, más viejo que pedir prestado y no devolver, es que las regiones que se agandalló en 2022 no están en la mesa de negociación. Es como decirle a tu vecino que le devuelves su podadora, pero que te quedas con su jardín porque “históricamente” tus antepasados plantaron un geranio ahí en el siglo XV.
Para rematar el disparate, Vladi desempolvó su doctorado en genética de la Universidad de “Porque Yo Lo Digo”, insistiendo en que rusos y ucranianos “son un mismo pueblo”. Aparentemente, un análisis genético ultrasecreto reveló que comparten un ancestro común que inventó el chándal de tres rayas y la ensaladilla rusa. Los estudios que lo confirman están guardados junto al Arca de la Alianza y la receta original de la Coca-Cola. “Si quieren combatir, pues que combatan”, añadió, con la misma lógica de quien invita a pelear a su hermano pequeño después de haberle robado todos sus cromos.
Mientras tanto, el pobre Steve Witkoff, emisario yanqui, va de un lado a otro como repartidor de comida a domicilio entregando propuestas de paz que acaban en la papelera más rápido que un volante de publicidad. Por su parte, Volodímir Zelenski defiende la brillante idea de “quedarnos donde estamos”, que es la versión geopolítica de cuando tu pareja y tú se enojan y duermen cada uno en una orillita de la cama, dándose la espalda pero sin abandonar el colchón.
La cosa está más trabada que el cajero automático en día de quincena. Moscú exige que Ucrania se desarme, renuncie a la OTAN y, ya que están, le traiga un café con dos de azúcar. Para añadirle más picante al guiso, Donald Trump, desde su palco presidencial, asegura que la paz está a la vuelta de la esquina, justo después de la siguiente pausa comercial. Al final, esto se parece cada vez más a una discusión de pareja que lleva cuatro años: ya nadie se acuerda de por qué empezó, pero todos están segurísimos de que tienen la razón.




