El multimillonario con melena de surfista jubilado, Richard Branson, se dio una vuelta por Venezuela y, básicamente, le dijo al país lo que tu tía te dice antes de una cita: “arréglate un poquito si quieres que te tomen en serio”. Durante su visita, el fundador de Virgin dejó claro que los inversores internacionales están mirando desde la barrera, con las billeteras bien cerradas, esperando a que el país celebre elecciones y ofrezca algo llamado «Estado de derecho». Es como decirle a un amigo que le prestarás dinero, pero solo después de que deje de apostar en carreras de galgos y pague sus deudas.
Entre reuniones y conferencias, el canciller venezolano le lanzó la idea de abrir una ruta aérea directa entre Caracas y Londres, operada por Virgin Atlantic. Branson, con la diplomacia de quien rechaza un plato de brócoli, respondió que lo evaluaría para ver si era «económicamente viable», que en el idioma de los magnates significa «no me llames, yo te llamo». Lo mismo pasó con la sugerencia de que sus cruceros Virgin Voyages visitaran la costa de La Guaira; lo dejó en un «quizás a mediano plazo», el equivalente empresarial a «cuando las ranas críen pelo».
En el evento «Startup Venezuela Summit», el optimismo era tan denso que se podía cortar con un cuchillo, especialmente con la frase promocional «Venezuela será la joya de la corona en Latinoamérica». Mientras tanto, Branson, como un aguafiestas con chequera, les recordaba que para ser una joya, primero hay que salir de la casa de empeño. Incluso sugirió que el país podría adoptar un modelo como su programa Virgin StartUp, que es como regalar el manual de «Hágase rico para principiantes» pero sin incluir el capital inicial.
Como si no bastara con su papel de asesor financiero, Branson también se puso el sombrero de consejero político. Recordó su experiencia en Sudáfrica con Nelson Mandela y Desmond Tutu, sugiriendo que la clave es negociar, hacer concesiones y perdonar para unir a una sociedad dividida. Básicamente, les dijo que se dieran un abrazo grupal y cantaran «Kumbayá», y que quizás después de eso, el dinero comenzaría a llover del cielo. Una lección de historia y reconciliación exprés en una visita de dos días.
Al final, tras su breve gira de negocios y terapia política, Branson prometió volver en «numerosas ocasiones», ya que vive a solo una hora y veinte minutos de distancia. Dijo que hasta traería a su familia la próxima vez, probablemente para verificar desde la comodidad de su avión privado si el país ya se peinó y si la famosa «joya de la corona» por fin brilla más que un pedazo de vidrio en un charco. La expectativa, como la billetera de los inversores, sigue en pausa.




