En un giro de acontecimientos que emocionó a absolutamente nadie, la economía argentina registró un crecimiento en agosto tan monumental que se necesitó un microscopio para verlo. Con un asombroso 0.1%, el país avanzó a la velocidad de un caracol con reuma, dejando en ridículo a los analistas de Bloomberg que, en un arrebato de optimismo o de tequila, habían pronosticado un 1.5%. La diferencia es como esperar un superdeportivo y recibir un patinete con una rueda pinchada.
Mirando el panorama completo, la cosa se pone aún más divertida, si por «divertida» entendemos «deprimente». En comparación con el año pasado, la economía se encogió un 1.7%, como un suéter de lana en la secadora. Sin embargo, en una de esas paradojas que solo ocurren en el cono sur, los sueldos del sector privado formal le ganaron a la inflación por tercer mes consecutivo. Es como si te dijeran que el barco se hunde, pero te acaban de servir tu cóctel favorito en la cubierta.
Este guion de tragicomedia continúa con la inminente llegada de una recesión técnica, ya que el producto bruto interno se contrajo en el segundo trimestre y todo apunta a que repetirá la hazaña en el tercero. Mientras las exportaciones de energía y agricultura intentan mantener el barco a flote remando con todas sus fuerzas, los sectores de manufactura, construcción y comercio minorista parecen estar usando sus remos para golpearse a sí mismos, hundiendo cualquier esperanza de expansión.
Para añadir más leña al fuego del desastre, el mes de julio fue una película de terror económica. La actividad se desplomó un 2.8% en comparación con junio, marcando la peor caída mensual desde que el mundo se detuvo por la pandemia. Fue un batacazo tan fuerte que probablemente se escuchó en los países vecinos, quienes seguramente se asomaron a la frontera para ver si todo estaba en orden.
Mientras tanto, el presidente Javier Milei observa este espectáculo con una aprobación popular del 39%, más estancada que una conversación de ascensor. A un año de las próximas elecciones, los inversores miran estos números como quien mira una serie de suspenso, preguntándose si el protagonista logrará salir del embrollo. Los analistas, por su parte, ya bajaron sus expectativas de crecimiento para 2026 de un iluso 3.2% a un más realista 1.5%, básicamente admitiendo que el milagro tendrá que esperar.




