Resulta que Corea del Sur le da la razón a Donald Trump en eso de volver a platicar con Corea del Norte, pero con el mismo entusiasmo cauteloso de quien acepta ir de viaje en el coche del cuñado: sí, vamos, pero yo manejo el mapa y nadie me deja tirado en la gasolinera. El asesor de seguridad Wi Sung-lac salió a decir que Seúl apoya retomar el diálogo, siempre y cuando no les debiliten la postura de seguridad ni los manden a la banca como suplente que nunca entra al partido.
Según Wi, cualquier charla entre Estados Unidos y Pionyang tiene que avanzar de verdad en el asunto de las armas nucleares norcoreanas y en armar un régimen de paz en la península. Nada de selfies históricas que luego se quedan en el álbum sin foto del final. Para eso, la coordinación con Washington es más urgente que nunca, porque si no, se arriesgan a que los dejen fuera del guion como personaje secundario en telenovela ajena.
Trump ya mandó recortar en serio las grandes maniobras militares conjuntas, ese ritual de enseñar músculos que a Kim Jong-un le suena a provocación de patio. El presidente estadounidense hasta mencionó que Seúl no ayudó en el lío de Irán como una de las razones, y insiste en buscar otra cumbre con el líder norcoreano, de esas que ya tuvieron tres entre 2018 y 2019 y terminaron más en poses que en firmas. Mientras tanto, Corea del Sur, Japón y Estados Unidos sí harán ejercicios del 9 al 11 de septiembre para probar que siguen listos ante misiles y amenazas nucleares. Como decir “queremos paz, pero el chaleco antibalas no se quita”.
Wi también habló de limar asperezas en otros frentes: las inversiones surcoreanas en suelo estadounidense, el trato a la empresa Coupang, el intercambio de inteligencia y hasta la transferencia del control operativo en tiempo de guerra. En resumen, quieren profundizar la alianza sin que les cambien las reglas a mitad del partido.
Así que Corea del Sur se apunta al reencuentro diplomático, pero con el dedo levantado de “nosotros también contamos”. Moral de la historia para adultos: cuando dos potencias se sientan a tomar café nuclear, el vecino del medio prefiere no quedar como el que solo pone la mesa y luego recoge los platos.



