Sergio Pérez decidió que la Q2 era demasiado convencional y se estacionó en la 20ª posición en Bakú. Al parecer, el universo, los astros y un par de gremlins con cronómetro se confabularon para asegurarse de que su último intento de vuelta rápida tuviera la misma suerte que un helado en el desierto.
El plan era simple: ir rápido. La realidad fue una ópera bufa. Primero, la estrategia de rebufo con su compañero Valtteri Bottas se desintegró cuando el finlandés tuvo un problema y decidió acampar en la zona de pesaje. Abandonado a su suerte, Checo se preparaba para un milagro, pero el destino tenía otros planes: Fernando Alonso optó por explorar la flora y fauna de las escapatorias, provocando la fatídica bandera amarilla. La vuelta del mexicano fue abortada, dejándolo con más frustración que un vegano en una parrillada.
Mientras tanto, en una galaxia muy, muy lejana, George Russell se adjudicaba la pole position con un tiempo de 1:42.526, ajeno al drama existencial de Cadillac. Charles Leclerc y Oscar Piastri completaron el podio de los suertudos, demostrando que a veces el cosmos sí reparte bien las cartas. El argentino Franco Colapinto también se coló al décimo puesto, probablemente tras ofrecer un sacrificio a los dioses de la aerodinámica.
Así, Checo partirá este sábado 26 de septiembre desde una posición tan privilegiada que prácticamente verá la carrera en pantalla gigante. Una jugada maestra para evitar el tráfico de la primera curva y planear una remontada que solo se ve en las películas, o en los sueños más optimistas de su equipo.


