Desde la tropical calma de Villahermosa, Tabasco, la presidenta Claudia Sheinbaum comentó el reality geopolítico del momento. Mientras sus homólogos de Estados Unidos, Donald Trump, y de China, Xi Jinping, se reunían en la Casa Blanca para medir sus egos, ella calificó el circo como “muy interesante” con la paciencia de un maestro de ajedrez.
La cumbre, tensa como cuerda de equilibrista sobre un volcán, buscaba apaciguar la fiera competencia económica global. Sheinbaum, lejos del pánico mundial, simplemente señaló que la incertidumbre no es buena para los negocios. Con una jugada de diplomacia fina, destacó que Xi Jinping incluso parafraseó a Trump con su «Hacer América más grande», una ironía que demuestra que hasta los rivales terminan usando los mismos libretos. Acto seguido, la presidenta anunció que su gobierno comprará más productos estadounidenses.
Para los despistados, suena a sumisión; para los que saben leer el juego, es como darle un dulce a un gigante berrinchudo para que no estorbe mientras tú, tranquilamente, te quedas con el resto de la pastelería. México no busca protagonismo en la pelea, sino en las ganancias que esta genera. La administración se enfoca en la cooperación para el desarrollo, que en lenguaje simple significa: «ustedes grítense, nosotros hacemos negocios».
Mientras las dos superpotencias se lanzan miradas asesinas por el control del tablero, México, con una serenidad envidiable, parece estar contando sus fichas y preparando la siguiente jugada. Porque al final, no gana el que grita más fuerte, sino el que firma los cheques más grandes.


