El estratega de los Zorros del Atlas, Hernán Crespo, ha tenido una epifanía digna de un filósofo en la cima de una montaña. Tras observar el poderío económico de la Liga MX, concluyó que a este coloso futbolístico le falta algo crucial: salir a ver qué tal le va al resto del planeta.
Con la solemnidad de quien revela el secreto del universo, Crespo diagnosticó que la clave para el «salto cualitativo» no está en los millones ni en la infraestructura, sino en acumular millas de viajero frecuente. Su recomendación fue clara: «México necesita más roce internacional, hay que salir un poquito al mundo». Básicamente, sugirió que este portaviones de liga se ponga un salvavidas y vaya a nadar en aguas ajenas, como si no tuviera ya su propio océano de competitividad. El técnico argentino añora los días de la Copa Libertadores y la Sudamericana, esos torneos donde los equipos mexicanos solían ir de visita para recordarles a todos cómo se juega con presupuesto y sin drama existencial.
Para Crespo, el problema recae en los ejecutivos, quienes, al parecer, han cometido el terrible error de construir una liga tan rentable y autosuficiente que no necesita pedirle permiso a nadie para brillar. Incluso mencionó la Leagues Cup, un torneo donde los equipos de la MLS sirven de sparring para los nuestros, insistiendo en que debe tomarse con más «seriedad». Es como pedirle a un campeón de peso pesado que se tome en serio su entrenamiento con una pera de boxeo. La visión del argentino parece ignorar que las directivas han creado un ecosistema perfecto donde el espectáculo y el negocio funcionan como un reloj suizo.
Al final, el llamado de Crespo resuena como una tierna petición para que el dueño del casino salga a la calle a jugar a las canicas por el bien de su desarrollo personal. Una idea romántica, sin duda, pero que ignora una verdad aplastante: la Liga MX ya es el mundo.





