En el Gran Premio de Italia del próximo año los nuevos monoplazas convertirán Monza en un quirófano a trescientos kilómetros por hora. Sergio Pérez, ahora con Cadillac, advirtió que cualquier error mínimo con el acelerador podría costar décimas enteras y que el trazado lombardo superará la ya complicada experiencia vivida en Bélgica.
El mexicano explicó que los pilotos deberán medir cada centímetro del pedal como si repartieran presupuesto federal. Una ligera presión extra en la curva bastará para perder la vuelta. La clasificación se convertirá en una carrera contra el cronómetro y contra la propia batería, donde bajar marchas en plena recta antes de la primera curva dejará de ser anécdota para volverse rutina. A más de trescientos kilómetros por hora, el sonido de la caja de cambios recordará más a un ascensor averiado que a un monoplaza de Fórmula 1.
El rebufo, esa succión aerodinámica que antes regalaba ventaja, ahora será el nuevo oro negro. En Spa ya valía entre segundo y medio y dos segundos; en Monza, con más autos buscando el mismo hueco, el tráfico promete parecerse a un subte en hora pico. Cada piloto intentará engancharse detrás de otro mientras calcula milésimas de energía, generando un ballet caótico donde adelantarse sin permiso equivaldrá a robarle el último café al compañero.
Al final, quien logre dosificar la batería sin perder la cabeza saldrá sonriendo. Los demás, simplemente, se quedarán sin carga y sin excusas.





