Pues sí, señores: el presidente Donald Trump se despertó un día, miró el mapa, frunció el ceño como quien descubre que le movieron los controles de la tele y decretó que el lago Ontario ahora se llama lago América. Y Google Maps, siempre tan servicial cuando huele a orden oficial, ya se lo cambió a los usuarios de Estados Unidos con la misma velocidad con la que un cuñado cambia de opinión en una comida familiar.
La Casa Blanca lo celebró como si hubieran ganado el Mundial. Steven Cheung, el director de comunicaciones, salió a gritar virtualmente que ya era oficial, que ahí estaba el lago América bien grandote en la pantallita. Uno casi espera que en la próxima actualización aparezca también “estacionamiento exclusivo para águilas calvas” y un letrerito de “prohibido pasar si traes jarabe de maple”.
El asunto, claro, no tiene reconocimiento internacional ni el visto bueno de nadie que no viva dentro del círculo mágico de la Casa Blanca. El primer ministro de Ontario, Doug Ford, lo resumió con la elegancia de quien se acaba de enterar de que le cambiaron el nombre a su sala sin consultarlo: es completamente absurdo y nadie lo va a llamar así. Traducción libre: ni borracho, ni por compromiso, ni aunque le pongan el nombre en neón.
Google, por su parte, explicó con tono de “yo solo trabajo aquí” que el cambio aplica para quienes miran el mapa desde Estados Unidos, porque así lo dice el catálogo oficial de nombres geográficos del gobierno. En Canadá seguirá diciendo lago Ontario, como Dios y la geografía mandan. En el resto del mundo, ambos nombres, para que nadie se sienta excluido en esta telenovela cartográfica. Apple Maps, más discreta que un suegro en una discusión política, todavía muestra el nombre de siempre y parece no tener prisa por sumarse al carnaval.
La movida huele sospechosamente al capítulo anterior, cuando Trump decidió que el golfo de México debía llamarse golfo de América. Misma receta, distinto cuerpo de agua: firmar primero, preguntar después y dejar que el mapa se pelee solo.
Todo esto ocurre mientras la disputa comercial entre Washington y Ottawa se pone más picante que un chile olvidado en la boca. Trump volvió a soltar que no quiere carros canadienses, ni partes canadienses, ni nada que huela a vecino del norte. Amenazó con subirle los aranceles hasta el cincuenta por ciento a ciertas autopartes, lo que podría tocar de refilón la cadena de la Ford F-150, esa camioneta que se siente muy estadounidense pero cuyos motores pasan por Windsor, Ontario, como quien visita a la tía antes de la fiesta. Canadá respondió con aranceles propios, de esos que duelen en la billetera, y el presidente insistió en que los han estado estafando durante décadas y que se acabó la fiesta.
Por si el ambiente no estuviera suficientemente absurdo, Trump ha repetido la idea de anexar Canadá como quien sugiere sumar una habitación extra a la casa sin preguntarle al inquilino. Ottawa, lógicamente, ha contestado con un “ni locos” digno de enmarcar.
Al final, el lago sigue ahí, quieto, profundo y sin enterarse de que ahora algunos lo ven con otro nombre en el celular. Los peces no firmaron ninguna orden ejecutiva, las olas no pensan mudarse de nacionalidad y los canadienses probablemente seguirán llamándolo Ontario hasta que el sol se apague. Pero en Google Maps, del lado estadounidense, ya es lago América. Porque cuando el poder decide rebautizar la geografía, hasta el agua tiene que aprender a nadar con nuevo apellido.





