La provincia canadiense de Alberta, rica en petróleo, acelera su pulso secesionista. Su primera ministra anunció que en octubre celebrará una consulta ciudadana sobre el futuro de la región dentro de Canadá, avivando el independentismo.
El descontento crece por las políticas ambientales de Ottawa, que limitan el desarrollo petrolero de Alberta mientras la provincia siente que financia al resto del país. Encuestas muestran que cerca del 30% de sus habitantes apoyaría la secesión.
La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha reforzado estas aspiraciones. Funcionarios estadounidenses ven a Alberta como un “socio natural”, y el movimiento independentista ya mantiene contactos en Washington en busca de apoyo.
Aunque se considera más una estrategia de presión que un proceso inminente, el caso genera tensión entre Ottawa y Washington, convirtiendo a Alberta en un punto geopolítico caliente en Norteamérica.

