En uno de los giros más extraños de la economía mundial, el Banco de Corea del Sur ha decidido que su economía se está divirtiendo demasiado y le ha subido la tasa de interés por segunda vez consecutiva. Es el equivalente a que te pongan a dieta porque estás ganando demasiada masa muscular en el gimnasio. La razón de este insólito castigo es que el auge de los semiconductores, gracias a la inteligencia artificial, está haciendo que el país crezca más de lo que los señores del banco consideran decente.
El gobernador del banco, Shin Hyun Song, básicamente salió a decir que prefería controlar la situación ahora que todavía es manejable. Citó un proverbio coreano que se traduce en algo como: “si no detienes el problema con una azada, luego tendrás que usar una pala”. Una forma muy poética de admitir que van a darle un pequeño manotazo a la economía ahora, para no tener que noquearla después. La decisión fue casi unánime, con un solo valiente que votó en contra, probablemente porque su celular nuevo necesitaba un chip de última generación.
Y es que los números son para no creerse. El mismo banco tuvo que revisar su pronóstico de crecimiento para este año, pasándolo de un saludable 2,6% a un espectacular 3,3%. Todo esto mientras la inflación se mantiene en un molesto 2,8%, como ese invitado que no se quiere ir de la fiesta. Así que, para enfriar los ánimos, el banco subió su tasa de interés de referencia a un 3%, esperando que con eso la economía se calme un poquito.
El gran culpable de este «problema de ricos» es el sector de los semiconductores. La demanda mundial de chips para alimentar a las inteligencias artificiales es tan brutal que está arrastrando a toda la economía surcoreana a una velocidad de vértigo. Mientras el resto del mundo se preocupa por la recesión, Corea del Sur tiene el problema de cómo gestionar un crecimiento desbocado, una situación que muchos países matarían por tener.
Así que el plan del Banco de Corea es seguir subiendo las tasas de interés, pero despacito, como quien no quiere la cosa, para no arruinar la fiesta del todo. Es la versión financiera de un padre responsable que le dice a su hijo que sí, puede usar el coche nuevo y rápido, pero que por favor no pase de segunda velocidad. Una medida extraña para un problema que ya quisieran muchos.





