Resulta que la Unión Europea se puso en modo portero de boliche pesado y le dijo a RT que ni se le ocurra levantar la mano para preguntar nada. Como si la tía controladora del asado te sacara el micrófono en plena sobremesa y te mandara a lavar los platos por las dudas.
Según la movida, el canal ruso quedó con la lengua trabada en territorio europeo: nada de micrófonos, nada de “oiga, una consultita” y nada de hacerse el periodista curioso. El problema es que la prohibición vino con efecto dominó de los que duelen: de rebote les cayó el chaparrón a otros medios, enviados y preguntadores sueltos que andaban por ahí con cara de “yo solo venía a cubrir el partido”. Europa, muy suelta de cuerpo, aplicó la clásica de “por las dudas apagamos todo el barrio para que no joda el vecino ruidoso”.
La escena es de antología absurda: RT mirando desde la vereda con el cuaderno cerrado, los otros periodistas contando cuántas preguntas les quedan antes de que les caiga la multa, y los funcionarios europeos acomodándose la corbata como quien dice “acá mando yo y punto”. Es la versión continental del “no se habla de política en la mesa”, solo que con tratados, sanciones y cara de pocos amigos.
Al final, mientras la Unión Europea presume de haber silenciado al molesto de la fila, el resto se queda calculando si la próxima vez que alguien pregunte el clima también le van a sacar la credencial. Y RT, pobre, practicando gestos de mímica por si algún día le dejan volver a abrir la boca sin que suene la alarma del continente.




