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Ucrania jura no tocar más la terminal del petróleo kazajo en Rusia

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En un giro digno de esas treguas de patio donde dos pelean a muerte pero acuerdan no romperle la bicicleta al primo de en medio, Ucrania ha pactado con Estados Unidos dejar en paz la terminal rusa del Consorcio del Oleoducto del Caspio. Esa instalación es el grifo sagrado por donde sale el crudo kazajo hacia el mundo, y los ataques recientes la habían dejado más floja que manguera pinchada en pleno agosto.

El compromiso salió de las charlas del 31 de julio entre funcionarios yanquis y jefes ucranianos. La idea es simple: parar de hostigar esa terminal en Novorosiisk y montar teléfonos rojos para que las navieras avisen y pasen sin que les caiga un dron de bienvenida. Resulta que el tal Consorcio mueve alrededor del dos por ciento del petróleo mundial y las refinerías europeas lo chupan como si fuera el último café de la oficina. Kazajistán, pobre, no tiene plan B decente para sacar sus barriles por otra ruta, así que cuando Ucrania se pone creativa con los ataques, el grifo se cierra y todo el mundo empieza a sudar la gota gorda.

Claro que Kiev llevaba una temporada convirtiendo los puertos petroleros rusos en feria de tiros al blanco desde que Moscú invadió en 2022. Los armadores, que no son tontos, empezaron a rodear la zona como quien evita al cuñado borracho en la boda. Y esto pasa justo cuando el planeta no aguanta ni una interrupción más: la guerra de Irán y el embudo del Estrecho de Ormuz ya tienen el crudo escondido bajo el colchón. Resultado: la gasolina sube, los bolsillos lloran y en Estados Unidos miran de reojo las elecciones de noviembre porque al votante le duele más el depósito vacío que cualquier discurso.

Según fuentes estadounidenses citadas por Bloomberg, Ucrania se comprometió a no atacar la infraestructura del Consorcio ni los barcos que no sean rusos, siempre que no carguen petróleo ruso, no estén sancionados por Kiev y no pertenezcan a rusos de carnet. Además, están repartiendo instructivos a las navieras para que sepan quién es objetivo y quién puede pasar tranquilo como turista con toalla al hombro. Mantienen contacto estrecho con empresas yanquis y con la administración Trump en todo lo que huela a seguridad marítima comercial.

Ahora bien, no cantemos victoria todavía. Acuerdos parecidos en el pasado se fueron al garete más rápido que promesa de dietas en enero: había listas de barcos “intocables” y aun así les llovían drones. Esta vez, dicen las fuentes, los compromisos son más concretos y vienen de varios pisos del gobierno ucraniano. Hasta crearon un equipo especial para coordinar y poner los puntos de contacto que hagan falta. La primera oleada de ataques a finales de julio dejó a los buques fletados por empresas estadounidenses sin cargar; reanudaron el 27 y dos días después volvieron los drones a hacer de las suyas. Ahora los envíos siguen, pero más bajos que ánimo de lunes.

Las autoridades rusas, por su parte, paran las cargas cada vez que detectan un aparatito volador, aunque no siempre. El miedo se traduce en pasta: fletar un petrolero hasta allí cuesta un ojo de la cara y solo unos pocos valientes se animan. El viernes los ingresos de esos barcos rumbo al Mediterráneo superaron los cuatrocientos mil dólares diarios, récord de la ruta según la Bolsa Báltica de Londres. Se espera que las exportaciones de este mes caigan alrededor de un tercio, aunque hay que sumar los cargamentos de julio que se colaron a agosto y los que se van a retrasar todavía más.

Así que mientras el mundo reza para que el petróleo fluya y la gasolina no se ponga a precio de perfume francés, Ucrania ha decidido aparcar los drones en esa terminal concreta. Veremos cuánto dura la promesa. Por ahora el Consorcio del Caspio respira, los kazajos cruzan los dedos y los conductores del planeta esperan que esta tregua absurda les ahorre al menos unos céntimos en el surtidor. El crudo manda, la guerra sigue y el único que parece ganar de momento es el que cobra el flete a precio de yate de lujo.

España pone controles a Italia como venganza de patio de colegio

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En una demostración de madurez diplomática digna de dos vecinos discutiendo por el tendedero, España empezó este sábado a aplicar controles fronterizos temporales a todo bicho viviente que llegue desde Italia. La medida es la respuesta clásica del “tú me lo hiciste, yo te lo devuelvo con intereses” después de que Roma montara el mismo numerito por la avalancha de migrantes que se coló en Ceuta a finales de julio. Los agentes revisan al azar en aviones y barcos, con especial cariño a los ciudadanos de terceros países, como quien elige a dedo en la fila del supermercado quién se lleva el último pollo asado.

En los vuelos “premiados”, los controles se montan justo a la salida de la pasarela, ese pasillo metálico que de pronto se convierte en pasarela de la vergüenza. Las autoridades juran que no cachean todos los aviones ni a todos los pasajeros, no vaya a ser que el turista medio se ponga a gritar como si le hubieran cancelado las vacaciones en Benidorm. La fiesta arrancó a las doce de la noche del sábado y, en teoría, dura hasta la medianoche del 7 de septiembre. Tiempo suficiente para que medio continente se acostumbre a sacar el pasaporte como si fuera el carné de la biblioteca.

Todo esto viene porque el gobierno de Pedro Sánchez se hartó el viernes, cuando Italia le plantó un “ni hablar” al ultimátum español de quitar sus propios controles. Madrid se justifica hablando de la “persistente presión migratoria irregular” que sufre Italia, ese país al que cada año le llegan miles de personas en patera como si el Mediterráneo fuera una autopista sin peaje. Roma había suspendido la libre circulación del espacio Schengen con España justo después de que unos 72 mil migrantes entraran en Ceuta desde Marruecos. Una cifra que suena a asistencia récord en un concierto de reggaetón gratis.

Los viajeros, claro, no están precisamente lanzando confeti. Maria Celeste Grillo, una turista italiana que acababa de aterrizar en Barajas con cara de “yo solo venía a comerme un cocido”, soltó a las cámaras: “No veo mucha diplomacia en estas decisiones, ni de un lado ni del otro”. Traducción libre: esto parece más una pelea de cuñados en la sobremesa que una gestión de adultos.

Por si el espectáculo necesitaba mediador, el responsable europeo de migración, Magnus Brunner, ya habló con los ministros del Interior de ambos países. Los dos le juraron que los controles son temporalitos, de esos que se ponen “solo un ratito” y luego se olvidan como la dieta de enero. Brunner pidió que no se rompa la confianza entre socios y contó que España le aseguró que lo de Ceuta no va a dejar cicatrices permanentes en el espacio Schengen. Hasta soltó que hay indicios de que Italia podría levantar pronto sus controles, lo que abriría la puerta a que todo vuelva a la normalidad… o al menos a fingir que nunca pasó nada.

Así que mientras dura esta guerra de nervios fronterizos, cruzar de un país a otro se ha convertido en una lotería absurda digna de reality. España e Italia se miran de reojo como dos comensales que se pelearon por la última croqueta, y el resto de Europa reza para que no se les ocurra empezar a revisar también el equipaje de mano por si lleva mortadela de contrabando. El verano sigue, las fronteras se ponen picky y Schengen se comporta como una relación tóxica en plena crisis de celos.

Zelenski se queja de misiles Patriot que llegan como propina de tacaño

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En una escena digna de esas telenovelas donde el protagonista se queda sin balas justo cuando entran los malos por la ventana, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski ha vuelto a armarla este sábado por la escasez de misiles Patriot. Sus socios se los regatean como quien reparte las últimas patatas fritas de la bolsa en una fiesta de adultos con resaca, y eso que hace nada cerraron un acuerdo con Estados Unidos. Casualidad del guion: el mismo día en que Kiev amanecía otra vez convertida en piñata de los ataques rusos.

Zelenski insistió en que ya trabajan codo a codo con los fabricantes —casi todos yanquis— ahora que Washington les dio luz verde para producirlos en casa. Soltó la frase del día con cara de quien pide la cuenta y descubre que el amigo “invita” solo al agua: “¿Nos suministrarán misiles cada mes? Sí. Tenemos acuerdos. ¿Son suficientes estos misiles? No”. Hace unos días ya había soltado que les llega una tercera parte menos de estos juguetitos antibalísticos que el año pasado. Uno imagina el almacén ucraniano como la nevera de soltero el día anterior a la quincena: eco y decepción.

El lamento lo soltó de paso por Belgrado, donde se reunió con el presidente serbio Aleksandar Vucic, ese aliado de Vladimir Putin que es como invitar al cuñado del rival a tu asado y pretender que no mire el marcador. Zelenski, listo como zorro de barrio, evitó soltar cifras exactas para no hacerle el favor a Moscú y se limitó a soltar la perla temporal: en 2026 había menos de estos misiles y en 2025 había más. Gracias al cielo por la ayuda europea y de otros países, reconoció, y pidió que los noventa mil millones de euros de la Unión Europea se gasten con pulso de cirujano y no con mano de borracho en rebajas.

“Es una cuestión de supervivencia”, soltó, y aprovechó para recordar que las armas que fabrican en Ucrania salen más baratas que en cualquier otro lado. Allí pelean cada día por cada céntimo como ama de casa en el mercado un lunes sin efectivo. De paso le clavó el dedo a la veintena de paquetes de sanciones europeas contra Rusia: “No son suficientes”. Y es que cientos y miles de piezas del armamento ruso llegan de casi todos los continentes, incluidos aliados cercanos. Sancionar eso, dijo, es prioridad número uno si no quieren que el invierno convierta las centrales energéticas ucranianas en fuegos artificiales de mal gusto, exactamente igual que en años anteriores.

Zelenski lleva semanas repitiendo el mismo reproche mientras el ejército ruso aprieta el acelerador. Hasta se lo plantó en la cara al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, hace un par de meses: no es que falte dinero, es que la guerra de Irán tiene las fábricas de misiles más liadas que cocina en Nochevieja. Así que este sábado Ucrania sigue mirando al cielo, contando Patriot como quien cuenta lentejas, y rezando para que los socios dejen de jugar al “te lo mando mañana” mientras las bombas no entienden de agendas diplomáticas. El invierno se acerca y, si no hay misiles, el único calor garantizado será el de los nervios.

Moraes deja a Bolsonaro sin abrazos de sus hijos en el Día del Padre

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En una jugada digna de juez que colecciona prohibiciones como otros coleccionan figuritas, Alexandre de Moraes le ha plantado un rotundo no al expresidente Jair Bolsonaro: este domingo, Día del Padre en Brasil, los hijos se quedan fuera de la casa como invitados que llegaron sin traer el postre. El arresto domiciliario, al parecer, no contempla sesiones de abrazos ni fotos familiares con aroma a campaña electoral.

El magistrado recordó que el pasado 17 de julio ya había cerrado el grifo de las visitas familiares por un mes entero. La sospecha era tan sutil como un elefante en una cristalería: que Flávio Bolsonaro, senador, hijo dilecto y candidato presidencial, pudiera convertir el saludo paterno en mitin improvisado de cara a los comicios de octubre. Nada de “hola papá, te traje un pan dulce”; más bien “hola papá, te traje una encuesta favorable y tres eslóganes”.

Flávio, ofendido hasta el tuétano, soltó su lamento en redes sociales con tono de telenovela de las once: “Moraes nos prohibió visitarlo justo en el Día del Padre. Le quitaron la libertad y ahora quieren quitarle hasta el derecho de abrazar a sus hijos”. Uno casi escucha de fondo el violín triste y el olor a cafezinho enfríándose sobre la mesa.

Conviene no olvidar el libreto completo. Bolsonaro, de 71 años, carga con una condena de más de 27 años por planear un golpecito de Estado después de perder en 2022. Cumple la pena en casita por motivos de salud, mientras sus partidarios más entusiastas todavía recuerdan con nostalgia aquel 8 de enero de 2023 en que convirtieron el Congreso, el Supremo y la sede del Gobierno en escenario de destrozos dignos de mudanza mal hecha. Nadie digería la victoria de Lula y decidieron expresarlo a lo grande.

Mientras tanto, Flávio se perfila como el abanderado del Partido Liberal frente a Luiz Inácio Lula da Silva, que ya tiene el visto bueno del Partido de los Trabajadores para ir por el cuarto mandato. En resumen: este Día del Padre en Brasil se celebra con orden judicial, brazos cruzados y cero selfies familiares. El único abrazo permitido parece ser el del sillón del arresto domiciliario. Feliz día, papá… pero por videollamada y sin fines electoralistas.

Drones cotillas espián el búnker alemán de los Patriot como suegras

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Las autoridades alemanas andan revueltas investigando el avistamiento de unos drones fisgones sobre una instalación militar en Mechernich, al oeste del país, donde esconden un depósito subterráneo tan profundo y cargado de secretos que parece el sótano de un suegro coleccionista de rarezas. Un portavoz del mando operativo del ejército confirmó que el jueves el centro de seguridad del recinto vio esos aparatos revoloteando y avisó a la policía más rápido que cuando se acaba el jamón en una boda.

Los agentes llegaron al lugar y abrieron una investigación para aclarar el enredo, pero hasta ahora nadie suelta prenda: ni cuántos drones eran, ni de dónde salieron, ni quién los mandó a cotillear. El misterio es más espeso que un guiso de lentejas olvidado en el fuego. La base de Mechernich guarda material militar a unos 130 metros bajo tierra, en un complejo de casi 30 mil metros cuadrados, o sea, como cuatro campos de fútbol donde en vez de penaltis almacenan chiches de guerra. Entre el inventario brillan componentes de los sistemas de defensa antiaérea Patriot, esos juguetitos estadounidenses que Ucrania pide con más urgencia que un café al despertar para frenar los sustos aéreos rusos.

El numerito ocurre pocos días después de que localizaran un dron cargado de explosivos cerca de un avión de carga ucraniano en el aeropuerto de Leipzig/Halle, un punto logístico clave para Alemania y sus colegas de la OTAN. Europa lleva años reportando drones sobre bases militares y sitios sensibles, y las preocupaciones de seguridad suben más que la tensión en una cena familiar cuando sale el tema de la herencia. Aunque varios dirigentes han mirado de reojo a Rusia en casos parecidos, de momento en Mechernich nadie ha señalado a ningún culpable con el dedo. Mientras tanto, el cielo alemán se ha convertido en un desfile de cotillas con hélices y todo el mundo espera que no sea el prólogo de una comedia de enredos internacionales con final de porrazo.

Irán y Omán rozan un acuerdo marítimo con factura para Washington

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Irán y Omán están “muy cerca” de ponerse de acuerdo para estrenar una ruta marítima por el estrecho de Ormuz, según soltó el sábado el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araqchi, con esa mezcla de sonrisa diplomática y cara de “ya verán quién paga el pato”. O sea: el tráfico por una de las tuberías energéticas del planeta podría tener desvío nuevo, pero no esperen caridad ni abrazos gratis.

El funcionario dejó claro que el entendimiento viene con condiciones de las que duelen en la billetera. Entre ellas, una indemnización por lo que Teherán considera violaciones de Estados Unidos al memorándum de entendimiento de Islamabad. Traducción libre: “Bonito corredor marítimo, sí… pero antes suelten la pasta, que aquí nadie olvida un roce ni aunque lo envuelvan en comunicados elegantes”.

Mientras tanto, Irán y Omán discuten una ruta temporal para ir tirando, como quien pone un tablón sobre el charco mientras llega el puente de verdad. Lo permanente, dijo Araqchi, todavía tiene que sobrevivir al laberinto de temas técnicos y jurídicos. En cristiano: hay que cuadrar planos, papeles y orgullos nacionales sin que el invento se hunda en la primera marea.

El resultado es un clasicazo de geopolítica con aroma a regateo de mercado: todos quieren el atajo, nadie quiere parecer el que cede, y siempre aparece la cuenta pendiente de Washington como guarnición obligatoria. Si cierran el trato, el estrecho de Ormuz tendrá nueva coreografía naval; si no, seguiremos con el episodio eterno de miradas intensas, barcos sorteando dramas y diplomáticos hablando en clave de “casi, casi”.

Inflación en México baja a 3.12% en julio y alcanza su menor nivel en casi seis años

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La inflación en México continuó perdiendo fuerza durante julio de 2026 y se ubicó en 3.12% anual, su nivel más bajo desde octubre de 2020. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) informó que el Índice Nacional de Precios al Consumidor registró un incremento mensual de 0.36%, confirmando una moderación de las presiones inflacionarias y manteniendo al indicador dentro del intervalo de variabilidad establecido alrededor de la meta del Banco de México.

El comportamiento favorable estuvo relacionado principalmente con el componente no subyacente, caracterizado por presentar mayores fluctuaciones. La inflación de este grupo registró una importante desaceleración durante julio, favorecida por menores presiones en productos agropecuarios y energéticos. Este desempeño contribuyó significativamente a reducir la inflación general y compensó aumentos observados en otros bienes y servicios.

La inflación subyacente, considerada una referencia más precisa para identificar la trayectoria de los precios en el mediano plazo, se mantuvo por encima del indicador general. Dentro de este componente persistieron presiones principalmente en los servicios, mientras que las mercancías mostraron un comportamiento más moderado.

La nueva lectura representa una señal positiva para la economía mexicana después de los elevados niveles inflacionarios observados en años anteriores. Sin embargo, la evolución de los precios subyacentes seguirá siendo determinante para las próximas decisiones de política monetaria, mientras el Banco de México evalúa si la tendencia descendente es suficientemente sostenible para mantener la inflación encaminada hacia su objetivo permanente de 3%.

México afina su diplomacia en Cali como si afinara una guitarra en plena fiesta

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Raquel Serur Smeke llegó a Santiago de Cali con el encargo de saludar al nuevo presidente colombiano Abelardo de la Espriella y asegurarse de que la vieja amistad entre ambos países no se convierta en un grupo de WhatsApp lleno de mensajes sin leer. La subsecretaria mexicana cumplió la misión con la precisión de un relojero que también sabe bailar salsa.

Antes de la ceremonia, Serur Smeke sostuvo reuniones con el vicepresidente electo José Manuel Restrepo Abondano y el canciller designado Omar Bula Escobar. En esos encuentros transmitió las felicitaciones oficiales y reiteró el interés mexicano por seguir trabajando en comercio, inversión, movilidad humana y cooperación técnica. México y Colombia mantienen desde 2015 una Asociación Estratégica que ha funcionado como un motor de dos cilindros bien engrasado, y nadie en la delegación mexicana parecía dispuesto a cambiarle las bujías justo ahora.

La representante también participó en la reunión de la Alianza del Pacífico, donde México, Colombia, Chile y Perú repasaron cómo seguir integrando sus economías sin convertir el bloque en otro comité que solo produce comunicados de prensa. El gobierno mexicano dejó claro que la relación se sostiene sobre diálogo, respeto mutuo y resultados tangibles, no sobre fotografías para redes sociales.

Al final de la jornada, la visita sirvió para recordar que los lazos entre ambos países llevan más de una década operando con la constancia de un matrimonio que ya no se sorprende de nada, pero sigue compartiendo la cuenta del supermercado.

China deja temblando los billones de Occidente con una jugada de abuela taimada

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Resulta que mientras Europa y Estados Unidos se pelean por quién tiene el yate más feo y se tiran trastos en Twitter como vecinos de patio interior, China aparece con cara de póker y les mueve el tapete económico como quien esconde el mando de la tele para que nadie cambie el canal de la telenovela.

Imagínate la escena: Occidente sentado en la mesa del monstruo comiendo caviar de imitación y contando billetes con cara de “esto es mío y punto”. De repente entra el primo chino con una bolsa de plástico del súper, saca tierras raras, baterías, paneles solares y fábricas enteras desmontadas pieza a pieza, y dice “¿jugamos al ajedrez?”. Pero no es ajedrez normal, es ese ajedrez de borrachera donde las torres son contenedores llenos de mercancía barata y los peones son empresas europeas que de repente descubren que su cadena de suministro depende de un tío que fabrica tornillos en Shenzhen y que hoy se levantó con resaca existencial.

Los billones de dólares (esos que Occidente guarda como la abuela guarda los caramelos “por si acaso”) empiezan a sudar frío. China no necesita invadir a nadie con tanques; le basta con decir “hoy no hay galio” o “el grafito se quedó en el almacén porque el operario está en una boda” y de pronto medio sector tecnológico occidental se pone a hiperventil ar como quien llega tarde a la oferta del Black Friday pero en versión crisis existencial. Las bolsas tiemblan, los ministros salen a dar ruedas de prensa con cara de “yo no fui” y los grandes fondos de inversión miran sus carteras como quien abre la nevera el domingo por la noche y solo encuentra un yogur caducado y tres aceitunas sueltas.

Y lo más absurdo del asunto es que Occidente lleva años gritando “hay que desacoplarse” mientras sigue comprando como si no hubiera un mañana. Es el típico cuñado que dice “yo a partir de enero hago dieta” con la boca llena de torrijas. China, mientras tanto, va construyendo puertos, rutas y acuerdos por medio mundo con la paciencia de quien teje un jersey sabiendo que al final se lo va a poner todo el barrio. Cada contenedor que sale de sus costas es un jaque más. Cada mineral estratégico que controla es un “te comí la reina y encima te quedaste sin enroque”.

Al final del día los billones occidentales no desaparecen en una explosión hollywoodiense. Simplemente se van achicando despacio, como el jabón de la ducha cuando lo usas a diario y de repente un día te das cuenta de que ya no hay forma de agarrarlo sin que se te escape entre los dedos. China no grita, no amenaza con misiles en cada titular. Solo sonríe, mueve otra ficha y deja que el resto del tablero se ponga nervioso contando monedas debajo del colchón mientras intenta recordar en qué momento dejó las llaves de su propia economía encima de la mesita de noche del rival.

Todd Blanche jura como fiscal general y convierte la justicia en su cortijo personal

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Pues ya está, señores. El exabogado personal de Donald Trump, Todd Blanche, acaba de ser confirmado como fiscal general de Estados Unidos con más drama que final de telenovela barata y menos dignidad que un político pidiendo reelección. Los senadores republicanos, con cara de “yo solo sigo órdenes”, aplastaron las quejas demócratas por 50 votos contra 49 y le entregaron las llaves del Departamento de Justicia como quien le da el control remoto al cuñado en Navidad.

Blanche, que ya venía haciendo de fiscal general interino con el entusiasmo de un niño con llaves del coche de papá, representó antes a Trump en juicios penales varios: lo de Stormy Daniels, los documentos clasificados y el intento de darle la vuelta a las elecciones de 2020 como si fueran un calcetín sudado. Ahora pasa de defensor a jefe de la policía judicial del país. Es como nombrar al lobo portero de la guardería y pretender que todo saldrá bien. Trump, emocionado, lo llama “estrella”. Claro, una estrella de esas que solo brillan si les apuntas con la linterna del poder.

Los demócratas, con Dick Durbin a la cabeza, gritaron que el fiscal general debería ser el abogado del pueblo y no el conserje particular de un solo cliente. “Blanche sigue actuando como si el Departamento de Justicia fuera un bufete boutique para un señor con peluquín”, vino a decir. Y no les faltaba razón para el show: el hombre intentó armar un fondo de 1.800 millones de dólares para “víctimas de persecución judicial”, que en román paladino olía a caja de compensación para los que asaltaron el Capitolio el 6 de enero como si fuera Black Friday de la democracia. También flotó una propuesta de inmunidad fiscal para Trump, sus hijos y la Organización Trump que parecía sacada de un catálogo de favores navideños. Al final, para calmar a las republicanas díscolas Susan Collins y Lisa Murkowski (las únicas del partido que votaron en contra, bravas ellas), Blanche sacó una orden escrita desactivando el famosísimo fondo y aclarando que la inmunidad fiscal solo valía para el pasado, no para futuras travesuras. Magia de fin de semana: desaparecen los obstáculos y aparece la confirmación.

Desde que Trump echó a Pam Bondi en abril, Blanche ha estado al mando y, según los demócratas, más ocupado en la gira de “represalias contra adversarios” que en cualquier otra cosa. Hasta las víctimas de Jeffrey Epstein le han soltado pullas por cómo manejó la publicación de archivos del caso, otro regalo envenenado en la lista. Pero nada detuvo la máquina. El Senado, controlado por los republicanos con margen de cuchillo de mantequilla, le dio el sí y listo.

Así que ya tenemos al abogado de cabecera del presidente convertido en el guardián de la ley. El Departamento de Justicia ahora tiene dueño con nombre y apellido, y el pueblo… bueno, el pueblo puede hacer fila y pedir cita. Si esto no es el colmo del absurdo político, que baje el espíritu de la MAD y lo vea. Que alguien avise cuando la justicia deje de ser un reality show familiar.