¿Recuerdan ese momento mágico en que el equipo económico, con el pecho inflado como pavo real en celo, anunció que la mora de los créditos había llegado a su «punto de inflexión»? Pues parece que ese punto era más bien una rotonda, porque los últimos datos del propio Banco Central (BCRA) sugieren que los argentinos siguen debiendo hasta el aire que respiran y la cosa no mejora. El gobierno insiste en que es un «asunto entre privados», lo que en criollo significa: «arréglense como puedan».
La cruda realidad llegó en forma de gráficos, presentados nada menos que por el vicepresidente del BCRA, Vladimir Werning, quien tuvo el ingrato trabajo de mostrar las malas notas. Resulta que la mora del sector privado subió al 7,7% en julio, un pellizco más que en junio. Esa pequeña baja que celebraron como un gol en la final duró menos que un sueldo a fin de mes, rompiendo la ilusión y retomando la racha de 17 meses de subidas casi ininterrumpidas.
Para que nadie se quede con hambre de malas noticias, el informe detalló el desastre por partes. La mora de las familias, esa gente que pide plata para el súper o para arreglar el calefón, trepó al 12,9%. Mientras tanto, las empresas, que se supone son el motor del país, también patinaron y su irregularidad alcanzó el 3,6%. Básicamente, desde el que vende churros hasta la multinacional, todos están haciendo malabares para no caer en el abismo de las deudas.
El plan maestro del presidente del Central, Santiago Bausili, tenía una lógica digna de un genio: si se daban más créditos, el porcentaje de morosos parecería más pequeño aunque la cantidad de deudores fuera la misma. Una jugada brillante, si no fuera porque el plan falló miserablemente. Los préstamos en pesos, en lugar de crecer para disimular el problema, se encogieron un 1% en agosto, arruinando la única esperanza que tenían de maquillar las cifras.
Como si faltara alguien para echarle sal a la herida, la economista Milagros Gismondi confirmó el pálpito general. Señaló que con el crédito «tropezando», es más difícil que el ratio de irregularidad mejore en el corto plazo. El famoso «techo» del que hablaba el gobierno parece tener más goteras que una casa abandonada y sigue tan firme como un flan en una montaña rusa.
Así las cosas, mientras los funcionarios buscan en el diccionario sinónimos de «optimismo», la realidad les pega un cachetazo con sus propios números. Los argentinos, por su parte, miran sus cuentas bancarias con la misma esperanza que a un político cumpliendo una promesa de campaña: saben que el milagro, por ahora, no va a ocurrir.



