En un drama digno de un catálogo de pinturas, el Instituto Nacional Electoral desató una crisis existencial. ¿La causa? Un simple cambio de color. Guadalupe Taddei anunció que el rosa mexicano fue jubilado por el lila, provocando que los analistas de la nación corrieran a revisar sus pantones.
Inmediatamente, los guardianes de la pureza cromática gritaron “¡fraude!”, señalando que el lila se parece sospechosamente al morado que Clara Brugada usa en la Ciudad de México para pintar banquetas y ajolotes rumbo al Mundial 2026. Este temido “Rayo brugarizador”, según los alarmistas, ahora amenaza con teñir las urnas. La polémica escaló a niveles absurdos mientras el partido Somos, que se quedó con el rosa, y PAZ, con su logo morado, observan el caos. La nación contiene el aliento: ¿es lavanda, malva o una conspiración?
Ante el pánico colectivo, la presidenta del INE, con la paciencia de una maestra de kínder, explicó la aburrida realidad. Con total serenidad, Taddei aclaró que “el lila es el resultado de haber perdido el rosa” y que el cambio obedece a la necesidad de crear un manual institucional para registrar y proteger los elementos gráficos del organismo. También enumeró la paleta completa de colores: lila, la submarino, lila bajito, gris, beige y blanco. Una combinación tan subversiva como la decoración de una oficina gubernamental.
El objetivo real es evitar que alguna agrupación política adopte los colores de la autoridad electoral. Así, mientras una parte del país ve un complot en cada pincelada, el INE simplemente está asegurándose de que su logo no termine estampado en la playera de un equipo de fútbol amateur.



