La Ciudad de México decidió que las pulquerías tradicionales ya no son cantinas disfrazadas. A partir de la publicación del 23 de julio en la Gaceta Oficial, estos expendios de la bebida de los dioses pasaron a considerarse giros de impacto vecinal. Eso significa horarios estrictos de 10:00 a 22:00, prohibición de barra libre y, sobre todo, la obligación de vender únicamente pulque. Nada de cerveza, mezcal ni cocteles improvisados.
La medida obliga a los jicareros a elegir: volver a la pureza del pulque o mantener la venta de otras bebidas y quedarse como giro de impacto zonal. Federico Olvera, de la Asociación Nacional de Pulquerías Tradicionales, reconoce que la cerveza entró en los noventa por pura supervivencia, pero también admite que terminó equiparándolos con bares. Ahora, la nueva clasificación les da reglas parecidas a las de restaurantes y hoteles.
Ulises Rosas, jicarero de El Templo de Diana en Xochimilco, recuerda que estas pulquerías fueron los primeros centros de reunión de la capital, antes de que existieran cantinas. Hoy, locales como Agave 69 y El Templo de Diana combinan tradición con curados de guayaba, avena, chocolate o frutos rojos. Conservan altares, rayuela, papel picado y hasta la canaleta original, mientras reciben a estudiantes y artistas que redescubrieron el pulque después del 2000.
El decreto no afecta la operación cultural de estos espacios, sino que los distingue de otros giros. La elaboración del pulque ya es patrimonio inmaterial de la ciudad desde 2024, y la nueva norma busca que la tradición sobreviva sin disfrazarse de cantina.
Al final, el pulque demuestra que puede volver a ser el rey del barrio sin necesidad de pedir prestado el trono a la cerveza.



