El mundo de las finanzas es un lugar extraño, donde un gesto de buena voluntad puede terminar en un berrinche digno de telenovela. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos anunció que iba a recomprar parte de su propia deuda, algo así como invitar una ronda de tragos para calmar a la clientela. Sin embargo, la reacción del mercado fue la de un niño malcriado al que le compraron el juguete equivocado, provocando que los bonos del gobierno cayeran en picada como la popularidad de un político después de subir los impuestos.
La raíz del drama es que el Tesoro, en un arranque de generosidad, triplicó su próxima recompra de bonos a unos jugosos 6,000 millones de dólares y duplicó otra a 4,000 millones. Pero los genios de Wall Street, que al parecer esperaban que el gobierno les pagara la hipoteca, habían especulado con cifras de hasta 10,000 millones. Un estratega afirmó que el mercado estaba «decepcionado», lo que en lenguaje normal significa que hicieron una pataleta porque la piñata no tenía suficientes dulces para ellos.
Pero la pataleta no es solo por unos cuantos miles de millones que a nosotros nos resolverían la vida. El verdadero problema de fondo es que los gobiernos y las empresas andan pidiendo dinero prestado como si no hubiera un mañana, especialmente los gigantes tecnológicos. Para colmo de males, el precio del petróleo se disparó por encima de los 100 dólares por barril, amenazando con despertar al monstruo de la inflación, ese que se come tu sueldo antes de que llegue al banco.
Y como en toda fiesta que se descontrola, alguien tiene que llamar a los padres. En este caso, el padre se llama Reserva Federal, que ya está mirando su reloj con cara de pocos amigos. La probabilidad de que suban las tasas de interés para poner orden es de casi el 65%, lo que sería el equivalente financiero a un chanclazo para que todos se calmen. Los operadores ya se preparan para al menos dos subidas, porque saben que la fiesta se va a acabar.
Para que nadie se sienta solo en esta crisis existencial, el pánico es global. Hasta Alemania, el alumno aplicado de la clase, tuvo que pagar la rentabilidad más alta en 17 años por su deuda, un 3.39%. Así que, mientras los expertos se jalan de los pelos por puntos básicos y rendimientos, el resto de los mortales solo intentamos descifrar si la subida del crudo significa que tendremos que vender un riñón para llenar el tanque de gasolina.



