El dólar estadounidense tuvo una semana para el olvido, cayendo en picada como la popularidad de un concursante de telerrealidad tras su primera polémica. Los operadores financieros andaban más confundidos que un pulpo en un garaje, sin saber si el billete verde iba a subir, bajar o simplemente declararse en bancarrota emocional. El índice que mide su fuerza terminó la semana con una caída del 0.7%, demostrando que hasta el dinero puede sufrir una crisis de identidad de vez en cuando.
La culpa de este desmadre la tiene, como de costumbre, la Reserva Federal, que manda señales más contradictorias que las instrucciones para armar un mueble barato. Primero, uno de sus gobernadores, Christopher Waller, salió a decir que la inflación se estaba portando bien, y el dólar se relajó como si se hubiera tomado unas vacaciones. Pero luego, un informe de empleo positivo revivió el miedo a una subida de tasas, y el pánico volvió como una mala resaca de domingo.
Para echarle más leña al fuego, el yen japonés, usualmente más discreto que un ninja en una biblioteca, decidió tener su momento estelar. La moneda nipona se apreció un 2.5% frente al dólar, logrando su mejor semana desde julio y pavoneándose como el estudiante que saca la mejor nota sin estudiar. Fue como si el personaje secundario de la serie de repente se convirtiera en el protagonista y le robara la novia al galán principal.
Mientras tanto, los especuladores y los grandes fondos de inversión, que se creen muy listos, empezaron a abandonar el barco como si hubieran visto un iceberg. Redujeron sus apuestas a favor del dólar desde casi 50,000 millones de dólares a unos mucho más cautelosos 27,600 millones. Es la versión financiera de empezar a borrar las fotos con tu pareja cuando sientes que la relación se va al demonio.
Por supuesto, los supuestos genios de Wall Street ya están cambiando de bando con la velocidad de un panqueque en la sartén. Bank of America ahora le recomienda a todo el mundo que venda dólares y compre yenes, mientras que TD Securities ve el futuro del billete verde más negro que el alma de un cobrador de impuestos. Sus análisis suenan más a horóscopo que a estrategia financiera seria.
Ahora todos contienen la respiración esperando el próximo informe de inflación, que será el capítulo final de esta telenovela económica. De ese numerito dependerá si la Reserva Federal le da otro empujón al dólar para que se recupere o si lo deja caer por el precipicio de una vez por todas. Hagan sus apuestas, porque ni los que saben tienen la más remota idea de lo que va a pasar.





