En una revelación que tardó apenas quinientos años en llegar, los burócratas de las Naciones Unidas, tras despertarse de una siesta colectiva, votaron para admitir que el mapa que todos usamos en la escuela era un completo chanchullo. Resulta que la proyección de Mercator, creada cuando la gente todavía creía que las palomas mensajeras eran tecnología de punta, tiene la mala costumbre de estirar los países del norte como si fueran un chicle y encoger a los del sur, especialmente a África.
El dramón cartográfico fue impulsado por Togo, que aparentemente se cansó de que África pareciera el primo pequeño y ninguneado en la foto familiar del planeta. Gracias a la trampa visual de Mercator, Groenlandia, esa isla helada donde viven más osos polares que personas, se veía casi tan imponente como el continente africano, cuando en realidad África es catorce veces más grande. Básicamente, Groenlandia ha sido el rey del engaño visual durante siglos, posando como un gigante cuando en realidad es el primo lejano al que nadie invita a las fiestas.
Como en toda buena reunión de vecinos, no podía faltar el que vota en contra de todo. Estados Unidos fue el único país que se opuso, declarando que cambiar el mapa era una «agenda ideológica» y una distracción de los «verdaderos problemas». Aparentemente, para ellos, es más importante discutir quién tiene el misil más grande que asegurarse de que los niños no crean que África es del tamaño de una provincia de Canadá. Una postura tan coherente como ponerle piña a la pizza.
Así que ya lo sabes, el mundo como lo conocías era una mentira. Togo ahora se dispone a corregir sus libros de texto, en un intento heroico por dar ejemplo. Mientras tanto, el resto de nosotros seguiremos usando el GPS del móvil para no perdernos de camino a la panadería, completamente ajenos a si Groenlandia es del tamaño de México o de un llavero. ¡Qué alivio saber que los grandes problemas del mundo están siendo resueltos





