En un giro digno de un adivino con exceso de cafeína, algunos ya están sudando frío por las elecciones de 2027. Mientras tanto, la presidenta Claudia Sheinbaum, con la calma de quien sabe que faltan tres años, les recomendó amablemente guardar la bola de cristal y respirar profundo.
Desde la tierra del nopal y la plata, Zacatecas, el 4 de septiembre, y ante los susurros nerviosos de Ricardo Monreal sobre un futuro electoral «complicado» y una oposición que supuestamente está tomando esteroides políticos, la presidenta aplicó el freno de mano a la máquina del tiempo. La idea de una oposición «fortalecida» evoca el guion de una película de superación, donde el equipo perdedor entrena dramáticamente en la nieve al ritmo de una canción ochentera, solo para descubrir que el campeonato ni siquiera tiene fecha programada. Sheinbaum, durante su mañanera del pueblo, observó este despliegue de ansiedad futurista con la paciencia de un monje zen.
Con la absoluta serenidad de quien está lidiando con problemas reales de hoy y no con las profecías de un almanaque, la mandataria delegó el asunto al único que debería tener un calendario a la mano. «No me toca a mí hablar en particular del resultado de la elección del 27», declaró, señalando elegantemente hacia el Instituto Nacional Electoral como el árbitro designado. Fue el equivalente político a decirle a un amigo hipocondríaco que deje de buscar sus síntomas en internet y, por favor, espere a ver al doctor. Su mensaje fue cristalino: hay que gobernar el presente, no especular sobre un futuro que ni los mejores horóscopos se atreven a predecir con certeza.
Así que mientras algunos ya se dedican a la astrología política y a leer las hojas de té del Congreso, la administración parece enfocada en la aburrida pero necesaria tarea de la realidad. Quizás para 2027, la oposición haya completado su montaje y esté lista para la gran pelea, o quizás sigan buscando sus guantes de boxeo en el casillero equivocado.





