Marco Rubio se va de gira por Sudamérica para pasar lista y regañar a Cuba

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¡Atención, continente! Saquen sus mejores vajillas y escondan a la abuela, que el secretario de Estado, Marco Rubio, se lanza a una gira relámpago por Sudamérica como si fuera un supervisor regional revisando sucursales. Del 8 al 10 de septiembre, Colombia, Ecuador y Perú recibirán la visita del enviado de Trump para asegurarse de que todos los miembros del club de fans estén al día con sus cuotas de lealtad. Las reuniones con los gobiernos de De La Espriella, Noboa y Fujimori prometen ser más coordinadas que una coreografía de TikTok.

La agenda oficial es un popurrí de clásicos diplomáticos con sabor a recalentado. Para Colombia, se hablará de la ayuda por el terremoto, que es como cuando tu vecino rico te presta una taza de azúcar después de que tu casa se incendió. Además, se reafirmará la eterna lucha contra el «narcoterrorismo», ese villano de telenovela que nunca muere y garantiza presupuesto para más temporadas. Porque nada une más a los países que tener un enemigo común al que echarle la culpa de todo.

Por supuesto, no podía faltar el tema del dinero, el verdadero motor del universo. Rubio también aprovechará para explicarles las «bondades» de profundizar las relaciones comerciales, lo que en lenguaje simple significa firmar donde se les indique y comprar más productos yanquis. Todo esto, según el comunicado oficial, es para reafirmar el compromiso con un «hemisferio occidental seguro, próspero y democrático», frase que suena tan creíble como una promesa de político en campaña electoral.

Pero seamos sinceros, la gira por el sur era solo el calentamiento, el acto de apertura antes del concierto principal: regañar a Cuba. Justo a tiempo para su viaje, Rubio anunció nuevas sanciones contra la isla, apuntando directamente al nieto de Raúl Castro, Fidel Ernesto Castro Calis, y al Banco Exterior de Cuba. Esto es el equivalente geopolítico a cancelarle la tarjeta de crédito a tu sobrino rebelde para que aprenda la lección.

Según el funcionario, las élites cubanas se están haciendo ricas mientras el pueblo pasa apuros, y además tienen el descaro de querer «extender la ideología marxista» por el hemisferio. Rubio ve comunistas hasta en la sopa, una fijación que se entiende por su historia familiar. Sus padres emigraron de la isla, convirtiendo su oposición al régimen en el eje de su carrera, algo así como un pleito familiar que escaló hasta convertirse en política exterior.

Al final, la gira parece más una excusa para ventilar viejas rencillas personales que una verdadera estrategia diplomática. Mientras Rubio reafirma su compromiso con una «Cuba libre» a miles de kilómetros de distancia, el resto del hemisferio saca las palomitas para ver el siguiente capítulo de este drama que ya dura más que cualquier serie de televisión.

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