¡Agárrense la cartera! Resulta que en Estados Unidos se pusieron a crear empleos como si no hubiera un mañana, y en lugar de descorchar la champaña, a los genios de Wall Street les entró un sudor frío digno de quien ve el fantasma de su ex. La economía gringa, más robusta que cena de Navidad, básicamente le gritó a la Reserva Federal que ya es hora de subir las tasas de interés, mandando a todos los inversionistas a correr en círculos como pollos sin cabeza.
El chisme es que se crearon 162.000 nuevos puestos de trabajo, una cifra que dejó a los analistas con la boca abierta y sus predicciones en el bote de la basura. Esta explosión laboral, con gente contratada desde en puestos de gobierno hasta en la construcción de centros de datos, es la clase de «buenas noticias» que en el mundo de las finanzas se traduce como «se acabó la fiesta, guarden los adornos». Ahora, las probabilidades de que la Fed apriete las tuercas este mes son más altas que las cuentas de luz en verano.
Como en todo drama que se respete, hubo víctimas. El dólar se puso más musculoso que nunca, causando estragos en las monedas de América Latina, que ahora lo miran con el mismo miedo que uno le tiene a la tarjeta de crédito después de las vacaciones. Mientras tanto, el oro, ese metal precioso que se supone es un refugio seguro, fue arrojado por un barranco, cayendo un 1.90% hasta los US$4.388. Parece que en tiempos de pánico, ni el oro se salva de la quema.
Por si el circo financiero no fuera suficiente, en el otro lado del mundo, el pleito entre Estados Unidos e Irán sigue más caliente que comal de antojitos, manteniendo el precio del petróleo por las nubes. El barril de Brent coquetea con los 95 dólares, porque nada le añade más emoción al mercado que una buena dosis de riesgo geopolítico. Es el equivalente a echarle gasolina al fuego, pero en este caso, la gasolina es literal y carísima.
Para cerrar con broche de oro este festival del absurdo, el gigante automotriz Volkswagen anunció su plan maestro para el futuro. ¿En qué consiste? Pues en despedir a unos 50.000 empleados adicionales, mientras al mismo tiempo se gastan la friolera de 135.000 millones de euros en inversiones y desarrollo. Una lógica empresarial impecable: echar a la calle a miles para poder comprarse los juguetes más nuevos y caros del mercado.





